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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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25 Abril 2019 03:28:00
Libros
Todavía me recuerdo joven estudiante de pintura hipnotizado ante las bellísimas portadas de los libros de arte –Cezanne, Picasso, Giotto y demás genios– exhibidos en el aparador de la librería instalada en la planta baja del Hotel del Prado, en el entonces Distrito Federal. La atracción poderosísima de los volúmenes se confrontaba inexorablemente con el contenido de la cartera. ¿Tendré suficiente dinero para comprarlo? A veces la ecuación deseo-dinero disponible no cuadraba y debía de contentarme con mirar las portadas.

Mi relación con los libros cambió con los años. Hoy, dueño de una caótica y atestada biblioteca cuyos desbordamientos inundan los pasillos y hasta la recámara, al sentir el frecuente deseo de adquirir un libro, me pregunto: ¿tendré dónde ponerlo? Es que, ya se sabe, para bibliófilos y bibliómanos los libros acaban por tomar las características de plaga. (Mi hija suele decir que su pobre madre vive en una biblioteca con unos cuantos aparatos electrodomésticos).


Antes era el dinero. Hoy es el espacio lo que condiciona la compra. Cuando joven, la limitante era el grosor de la cartera. Ahora, es lo gordo del libro lo que a veces me hace dudar sobre su adquisición.

Algunos aconsejan expurgar la biblioteca. “Me deshice de todas las novelas que no volveré a leer”, dice alguien con cierto airecillo presuntuoso. Sin embargo, deshacerse de un libro, desde mi personal fetichismo libresco, equivale a desprenderme de un capítulo de mi vida, no intelectual, lo que sonaría pedante, pero sí de mi biografía de lector.

Con los años empezó a presentarse otra limitante. Como normalmente leo en la cama y mis ojos no son lo que solían ser, las sombras producidas por la luz de la lámpara ensombrecen a ratos una parte de la hoja y, además, me resulta cansado sostener un volumen largo tiempo.

El siempre bien recordado don Óscar Flores Tapia, voraz lector en posición horizontal, ideó la solución al problema de los brazos cansados. Simplemente arrancaba los cuadernillos y al terminar la lectura ¡mandaba empastar el libro!

El ingenioso método florestapiano enfrenta actualmente tres problemas. Uno: el costo. Dos: la escasez de encuadernadores y Tres: el hecho de que las editoriales dejaron de imprimir pliegos –cuadernillos– y hacen libros con hojas sueltas. De aplicar el sistema, el lector encamado acabará con una baraja.

¿Cómo saciar entonces el apetito de lector horizontal? Aunque vengo del paleolítico inferior y me fue difícil cambiar mi vieja y ruidosa Remington por una computadora, estoy inaugurándome desde hace meses como lector en línea.

Sí, ya sé que no es lo mismo. Sí, ya sé que el placer de leer un libro conlleva también el de acariciarlo y hasta olfatearlo. Sí, pero ocupan espacio y pesan.

Hoy, acompañado de mi teléfono celular puedo disfrutar largas horas de lectura yacente –eso de echado se oye feo–, y he descubierto, además, la abrumadora cantidad de obras que ofrecen diferentes bibliotecas digitales en forma gratuita. Por estos días, interesado en la novela histórica, sigo los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que, confieso, no había leído.

La comodidad de la lectura por Internet tiene la ventaja de la fácil transportación de miles de volúmenes en un teléfono celular y la gratuidad. Esto último hace pensar en la teoría del flamante director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, de que el mexicano no lee porque los libros son caros. ¿Será ese el verdadero motivo?
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