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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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16 Agosto 2010 03:00:21
Los ángeles rebeldes
Frecuentemente, durante la práctica de los exorcismos, el demonio es obligado, (muy a su disgusto) a declarar aquello que no quisiera. Cuando, por ejemplo, en el curso del exorcismo el fiel poseído es rociado con agua bendita, el demonio, a través de él manifiesta una enorme contrariedad, a tal grado que lo lleva a la violencia.

La aspersión con agua simple no provoca, en cambio, ningún sufrimiento al demonio que manifiesta con claridad que reconoce que el agua simple no está bendita, (es claro que la persona sometida al rito del exorcismo debe ignorar si el agua que se le aplica está bendita o no).

El demonio es obligado a manifestar el efecto del agua bendita que es usada, como se lee en el Misal Romano, en el rito de bendición del agua: “… que esta agua sirva para el perdón de nuestros pecados (se sobreentiende los pecados veniales), la defensa contra las insidias del maligno y nos atraiga la protección divina”.

Cuando el demonio reacciona ante la presencia de una reliquia de los santos, demuestra que sabe también a qué santo pertenece, y es obligado a dar testimonio de aquella persona a la que pertenece la reliquia o del origen divino de su santidad.

Cuando el demonio habla una lengua que es conocida solamente al exorcista, (pero no a la persona poseída), hace comprender su identidad diabólica, diferente de la identidad del poseído. Cuando, escuchando una oración dirigida a la Virgen María, muestra toda su aversión hacia Ella y, al mismo tiempo, su temor (expresando también el motivo por el cual la teme).

El demonio es obligado así a confirmar, (como sucede con mucha frecuencia durante los exorcismos), que la Virgen María es verdaderamente la Madre de Dios y la Madre de todos los hombres, que es la “Inmaculada”, la Corredentora, la Asunta al Cielo en cuerpo y alma, la Reina del Universo, junto a su Hijo Jesucristo, aquella que intercede por la humanidad.

Cuando, durante el exorcismo, el sacerdote recita “mentalmente”, sin pronunciarlo, algún pasaje evangélico, o bien, recita el credo, el demonio tiembla de rabia y reacciona de manera furibunda, y es obligado a dar testimonio de “la luz y la fuerza salvífica” que tiene para nosotros la palabra de Dios y la profesión de fe. Se podrían referir otros innumerables casos que se dan cuando los exorcistas practican este ministerio.

El demonio es el padre de la mentira, pero hay momentos durante los exorcismos, en que es obligado (porque Dios se lo manda), a decir la verdad de nuestra fe. Naturalmente, todo esto no añade nada nuevo, a lo que ya sabemos por la Sagrada Escritura, pero es para nosotros sumamente consolador y edificante constatarlo de esta manera tan evidente y, al mismo tiempo, ver cómo Dios convierte el mal en bien.

De esta manera queda claramente demostrado que los mismos demonios han afirmado durante los exorcismos, todo aquello que se refiere a su “rebelión inicial” que dio lugar a su “metamorfosis” de ángeles de luz en ángeles de las tinieblas.

Para manifestar por qué se reveló contra Dios, el demonio durante un exorcismo declaró: “Me he revelado porque yo no era como Él. Quería ser como Él. Como tenía tantos poderes creí que podría ser igual a Él. No un “escalón abajo”, ¿por qué debajo de Él? Yo quería ser Él. Muchos me siguieron porque yo les prometí todo, todo, todo.

Les había prometido que yo sería como Dios. Yo tenía tantos poderes que también ellos creyeron que yo podía ser como Dios. Era el más grande y el más bello, era aun más hermoso que Miguel”. El exorcista, autorizado para usar el “Ritual Romano Para los Exorcismos”, (que prevé la posibilidad de ordenar a los espíritus malignos que poseen a la persona, de revelar su nombre), le dijo: “En el nombre de Jesús: ¿Cómo te llamabas antes de la rebelión?”.

La respuesta fue: “Lucifer”. El exorcista le preguntó qué cosa significaba ese nombre y, para su sorpresa, en vez de “portador de luz”, recibió una respuesta mucho más incisiva: “Ángel. Ángel por encima de los ángeles, ángel por excelencia”.
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