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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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28 Febrero 2011 04:00:36
Los Ejercicios Espirituales dictados por Dios
La acción del Espíritu Santo en los corazones ha sido expresada con mucha fuerza por san Ignacio de Loyola. Según él, los Ejercicios Espirituales, en realidad es Dios quien los da. Sean largos o breves. Por eso es una condición fundamental que los ejercitantes sepan lo más pronto posible, el mejor modo de reconocer la voz interna de Dios y ponerse en contacto vital, lo más estrechamente posible con el Maestro Interior. Sin este “contacto” no existen los Ejercicios como los ha concebido san Ignacio.

La finalidad útil de los Ejercicios Espirituales es disponer el alma “para que busque y descubra la Voluntad de Dios acerca del ordenamiento de su propia vida” (Ejercicios Espirituales, n. 1), “a fin de que se acerque a su Creador y Señor y lo alcance” (n. 20). “En efecto es propio de Dios entrar en contacto con las almas, moverlas y atraerlas totalmente al amor de su Divina Majestad” (n.330). “El Creador mismo… se manifiesta a las almas que se abandonan a Él, abrazándolas en su amor y en su gloria” (n. 15).

De aquí se comprende el “sagrado respeto” con que debe secundar a esta actividad divina, no sólo el ejercitante, sino también el director de los Ejercicios, el cual “no debe inclinarse ni de una ni de otra parte, sino que debe mantenerse en el justo medio, como el péndulo de la balanza y dejar que se comuniquen directamente, el Creador con su creatura y la creatura con su Creador” (n.15). En la carta dirigida a Francisco de Borja, san Ignacio indica en detalle el modo en que Dios se da a las almas y cómo las abre: en la llamada “consolación espiritual” que san Ignacio describe así en sus Ejercicios: “en la consolación brota en el alma un ‘movimiento interior’, y el alma comienza a arder en el amor de su Creador… crecen la fe, la esperanza y la caridad, se llena el alma de gozo interior, que llama y atrae a las cosas celestiales… tranquiliza el alma… en el Señor”. (n. 316). Aun en tiempos de aridez espiritual el hombre puede “resistir con la ayuda de Dios, que siempre permanece con él”. Permanece con él en la medida suficiente de la gracia (n. 320). Pero aun entonces, cada uno debe entrenarse en la búsqueda de su “camino concreto”, y “mantenerse en la decisión pura de recibir la “Ultima Consolación” (n. 318).(Se sobreentiende, la Vida Eterna).

Si, por lo tanto, Dios se nos entrega, se nos abre en la “consolación espiritual”, (y este “donarse a sí mismo” constituye la esencia íntima de los Ejercicios). Es, pues, de suma importancia que el ejercitante distinga claramente, ya desde el comienzo de los Ejercicios, la Acción de Dios, que manifiesta su voluntad al hacer sentir la “consolación espiritual”, y, también la distinga de la “acción del espíritu maligno”. Así es como podemos comprender el acento que pone el “Directorio”, esto es en la guía para la predicación de los Ejercicios, escrito por el mismo san Ignacio: “… el ejercitante debe observar hacia dónde lo mueve Dios… por lo que es necesario explicarle bien qué cosa es la consolación espiritual…”. Por otro lado es necesario explicar también cuáles son los componentes de la consolación espiritual, que son: la paz interior, el gozo espiritual, la esperanza, la fe, la caridad, las lágrimas, la elevación del espíritu. Esto es, todo aquello que sea don del Espíritu Santo.

San Ignacio supone, por lo tanto, como una cosa normal, que Dios, en los Ejercicios, (y de manera semejante, fuera de ellos) revela a las almas su Voluntad. Cosa que el hombre, con la sola aplicación de los principios generales de la razón y de la fe, no puede reconocer suficientemente para cada situación concreta.
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