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Redacción
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16 Junio 2019 04:03:00
Los foros de la Reforma Electoral
Gerardo Blanco.- Esta semana iniciaron los foros que tienen como objetivo proponer, discutir y consensar una reforma constitucional y legal que mejore nuestro sistema político y electoral. Para comprender la relevancia de lo que está en juego y de lo que esto puede significar para nuestro régimen democrático, es conveniente recordar el pasaje histórico de cómo se consensaron las reformas de esta naturaleza, durante el periodo comprendido de 1977 a 2014.

Las reformas políticas electorales más significativas de la transición democrática en México se han dado en momentos de alta polarización política que obligaron al partido gobernante a ceder, por la poca legitimidad que ostentaba, frente a las demandas sociales y, el algunos casos, frente a las presiones de la oposición.

El primer caso es la reforma política de 1977, que fue consecuencia de la candidatura única que ofreció la boleta electoral en la elección de un año antes, en la figura de José López Portillo. En aquel momento, el Partido Acción Nacional (PAN) no postuló candidatura a la presidencia de la República derivado a que no alcanzó el consenso que exigía su normatividad interna para elegir candidato, además de que adujo que no existían reglas electorales equitativas.

Por otro lado, la reforma electoral de 1990 se llevó a cabo después de la crisis política que generó la elección Presidencial de 1988, cuyo sistema de conteo de votos se “cayó” y declaró como ganador a Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas, quien encabezó la candidatura del Frente Democrático Nacional (FDN), coalición conformada por diversas fuerzas de izquierda.

En 1996, durante la presidencia de Ernesto Zedillo, se llevó a cabo la reforma que él mismo denominó como “la reforma definitiva”, quizá, a comparación de los momentos históricos anteriores, esta se forjó bajo un contexto menos convulso, pero que atendía particularidades específicas como las demandas del EZLN y las exigencias de una oposición partidista más robusta, fuerte y demandante que en décadas anteriores, además de que contaba con numerosos espacios en los órganos políticos de los distintos niveles de Gobierno.

El caso de 2006 resultó paradigmático, ya que el ambiente poselectoral fue altamente polarizado por el ahora Presidente de México, quien en aquel entonces perdió la elección presidencial por un escaso margen del 0.56% de la votación, hecho que se tradujo en plantones, marchas y fuertes descalificaciones a las autoridades electorales.

Esa elección dio cause a la reforma electoral de 2007, la cual se dirigió, principalmente, a regular la participación de los medios de comunicación en las campañas electorales, ya que fue en ese escenario donde se presentaron las transgresiones más vistosas a la normatividad y las controversias legales ante las autoridades jurisdiccionales más relevantes.

El caso más reciente fue la reforma política de 2014, la cual, más que ser consecuencia de la elección presidencial de 2012, fue resultado de las negociaciones partidistas que se dieron en el marco del Pacto por México, instrumento que utilizó el entonces Presidente, Enrique Peña Nieto, para aprobar las reformas estructurales de su Gobierno. Dicha reforma se caracterizó por su equivocado diagnóstico y por una deficiente regulación que derivó en la implementación de un nuevo modelo de distribución de competencias entre las autoridades federales y locales, que hasta la fecha no ha terminado por funcionar del todo.

Ahora nos encontramos en la antesala de una nueva reforma electoral que no precisamente parece encaminarse hacia la dirección que requiere nuestro régimen democrático. A diferencia de las reformas relatadas, esta parte de un contexto diferente, tomando en cuenta que la elección de 2018 se celebró sin sobresaltos importantes, los candidatos aceptaron los resultados y no hubo mayores cuestionamientos respecto al desempeño de las autoridades electorales.

La idea de los foros es que se escuchen todas la voces, se haga un diagnóstico claro y preciso de lo bueno y lo malo de nuestro sistema electoral y se llegue a un consenso, de todas las fuerzas políticas, para perfeccionarlo, y no, como proponen algunos sectores, para retroceder en lo que mucho se ha avanzado.
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