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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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27 Octubre 2019 04:07:00
Los nuevos sofistas
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La estrategia de dividir al país, maniqueamente, entre partidarios progresistas y adversarios conservadores, ha producido una gran cantidad de polemistas que, ante cualquier comentario crítico de las políticas implementadas por el Gobierno federal, o la falta de ellas, saltan a la palestra para combatir sin parar la utilización de recursos irracionales.

¿Acaso la línea trazada por el Presidente no es “todo conforme a la razón y el derecho”? A pesar de ello, el empleo de la incorrección retórica está a la orden del día.

Cuando una crítica no es confrontada con insultos y agresividad, se intenta descalificar con argucias pretendidamente racionales, pero en la forma y la sustancia engañosas. Frente a los argumentos, se oponen falacias, como los antiguos sofistas griegos.

Una falacia, si se hace memoria, es un razonamiento incorrecto, engañoso o erróneo, que pretende ser convincente o persuasivo, a pesar de que rompe las reglas más elementales de la lógica.

Así ocurre, por ejemplo, cuando alguien, en oposición al argumento de que la gravísima pifia de Culiacán denota una deficiente planeación y una peor ejecución de las autoridades federales que intervinieron en ello, cuestiona que no se diga nada de las autoridades estatales y municipales, cuando fueron el Presidente mismo y su Gabinete de seguridad quienes asumieron la responsabilidad.

Las falacias engañan y confunden, son contraproducentes si lo que se busca de verdad es el “bienestar” de las mujeres y hombres que forman parte de la comunidad. Sus fuentes más comunes son: el abandono de la racionalidad, la falta de comprobación de los supuestos, el abandono o distracción de la cuestión central a debatir, la ignorancia y, lamentablemente, la mala intención.

Entre las falacias más comunes están aquellas que consisten en “disfrazar” la realidad con triquiñuelas o planteando preguntas múltiples para confundir y desviar la atención de la cuestión importante, la que es central. Así pasa cuando alguien pretende sacar la discusión de su terreno o pone su empeño en probar algo que nadie discute. Por ejemplo, la necesidad de salvar vidas, cuando lo que se hizo fue ponerlas en peligro.

También es fácil encontrar las que pretenden responder a una cuestión planteada con un ataque personal, o con referencias a calidades propias de la persona que sostiene el argumento y no al argumento mismo. Así, cuando en vez de rebatir un argumento, se dice: “lo dijo fulano, que ya sabemos cómo es”.

Pasar por alto alternativas es otra fuente muy frecuente de fallos lógicos (“o suelto al delincuente, o salvo vidas”, cuando hubo la opción de planear y ejecutar el operativo de mucho mejor manera para ser efectivo, por ejemplo).

Confundir los conceptos, y por consiguiente hacer referencias erróneas, equívocas y confusas es otro caso que se da con frecuencia, como cuando no se distingue lo que es esencial de lo accidental; lo que implican la regla y su excepción; aquello que es absoluto con lo que es relativo y la parte con el todo, por ejemplo.

Muchas veces el error proviene de la falta de respaldo, porque se prueba lo que se afirma, olvidando que “quien afirma está obligado a probar”.

En el mundo artificialmente dual del “blanco y negro” que ha surgido en este país, los colores y los matices han caído también en desuso y por eso el diálogo se ha visto roto o se ha vuelto de plano imposible; los ánimos se han enervado.

La defensa a ultranza y a toda costa de la “línea” mañanera se ha vuelto para algunos tan imperativa que la aparición de “nuevos sofistas” ha sido un fenómeno recurrente.

Bueno será recordar ante eso el refrán: “el que se enoja, pierde”. Conviene conservar la calma y tampoco olvidar que, sin oxígeno, no hay combustible que arda.

Lo importante es conservar la cordura y no caer en el garlito del raciocinio incorrecto. Como Sócrates afirmaba: ante la retórica de los sofistas, “la elocuencia de la verdad”, correctamente expresada, me atrevo a añadir.
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