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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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13 Diciembre 2010 04:00:13
Los sentidos para percibir a Dios
La Iglesia nos advierte que “la voz de Dios resuena” en el interior del hombre, nos habla de los “oídos del corazón” que oyen su voz, de la necesidad de “cultivar el sentido religioso”. La Iglesia es cada vez más consciente de que nuestro “centro personal”, esto es, “nuestro propio yo”, no está cerrado en sí mismo en una especie de cerco, sino más bien está abierto hacia el “vecino” que está al “otro lado de la pared”, que nuestro yo está abierto hacia Dios que realmente envía “la señal” al alma del hombre, que Él, en cierta manera, se le revela verdaderamente. Pero ¿cómo?

El hombre, a través de sus actividades, tiene conciencia de su propio ser, (se da cuenta de que él existe). Puede detenerse a contemplar esta conciencia de su propio yo. De esta manera su propio ser resplandece claramente a través de su propia actividad.

Sin embargo, su propio ser, no está encerrado en sí mismo, sino más bien está abierto. El hombre, en su actividad, tiende hacia afuera de sí mismo, y en esta tendencia se supera a sí mismo. Él se encuentra también abierto hacia Dios que lo atrae hacia Él, y que libera en nuestro ser la tendencia que existe hacia Él. Dios, en efecto es el fin de esta tendencia. El hombre puede, (al menos después de una apropiada introducción, y si su sentido metafísico está todavía vivo), a través de su actividad “percibir simultáneamente” esta presencia de Dios. No es que lo pueda “ver”, sino que el hombre puede, en cierta manera, darse cuenta de esta presencia (más o menos como se da cuenta de su propia actividad), como se da cuenta de que él existe. Él puede también detenerse en esta toma de conciencia de Dios, recogerse en Él, sin poder nunca “condensar” su presencia en conceptos bien definidos o experimentarla en ideas bien delimitadas. La percepción de Dios permanece siempre en el “trasfondo” que acompaña constantemente a la conciencia y sus tendencias.

Dios, que está siempre dinámicamente presente se nos manifiesta bajo diversos aspectos: como Verdad, como Guía ética, como Belleza, o como Santidad. El sentido de nuestro centro personal puede percibir todos estos aspectos de Dios, de manera y en grado diferente, en cada hombre. Nuestros “sentidos espirituales” pueden percibir a Dios en sus diferentes funciones: el sentido “metafísico” percibe a Dios como Verdad, el sentido ético percibe a Dios como Guía moral, el sentido estético, lo percibe como Belleza, el sentido religioso lo percibe como Santidad. Por eso la Iglesia nos refiere que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre donde él se coloca a solas con Dios, cuya voz le resuena en lo más profundo de su ser”.

Aunque parezca paradójico, es un hecho que la presencia de Dios puede marcar la “psique” del hombre, puede estar impresa en su alma, y que en este sentido esta presencia está en su conciencia, sin que él se dé cuenta o sin que él “ponga atención”. Efectivamente, este tipo de conciencia es solo una “conciencia con-concomitante”, es decir “simultanea”, y que, por lo tanto permanece “al margen” de la corriente de la atención que, generalmente, se dirige hacia los objetos exteriores en los que el hombre ocupa su atención. Esta “conciencia de Dios” es de tal manera sutil, que es totalmente diferente del resto de los contenidos de nuestra conciencia, porque la atención del hombre está acostumbrada a cosas muy concretas, a los contornos muy vigorosos de las imágenes, de las ideas, de los objetos, de los movimientos internos y externos, de tal manera que “sobrepasa”, generalmente, la percepción de Dios. Así sucede con el poeta, cuando se sumerge en sus profundidades mentales para crear la poesía, y en el científico cuando, durante su investigación, se sumerge en su fondo personal. En la vida cristiana, en la que la capacidad de percibir del centro personal esta reforzada por la gracia, Dios se manifiesta como el Dios de los cristianos. La Iglesia nos refiere que en la “vida de la gracia” el Espíritu Santo mueve el corazón y lo dirige a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y en el creer a la verdad”. El “corazón” que el Espíritu Santo mueve, significa la “profundidad” de la vida interior espiritual del hombre, el centro de los pensamientos, de las tendencias y de los sentimientos. El “corazón” es, por lo tanto, el “centro personal”. “Los ojos de la mente”, en cambio, son aquella “vista”, cuyo objeto no son las cosas sensibles, sino las espirituales. A esta “vista” de la mente no le corresponde deducir por razonamiento, del modo como un relojero que ve un reloj deduce la existencia del que lo hizo, aunque no lo vea. “Los ojos” de la mente, en cambio, perciben más bien las realidades espirituales. Estos ojos, no son otra cosa más que el mismo “centro personal” que como sentido perciben a Dios.
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