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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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06 Diciembre 2010 04:00:55
Los sustitutos de Dios
Frecuentemente la gente, de manera indebida, atribuye a cualquier valor humano los atributos propios de Dios, de tal manera que los valores humanos, en su mente y en su corazón, sustituyen a Dios.

Los hombres, en efecto, cuando tienen su sentido religioso debilitado o, a veces completamente atrofiado, no han perdido del todo “toda tendencia” hacia Dios. Sólo que, en estos casos esta “tendencia hacia Dios” no la dirigen hacia Él, sino que tienen el riesgo de “crearse” sus propios sustitutos. Por ejemplo, el sexo, puede asumir la semblanza de Dios, y en este caso lo hacen objeto de “adoración”. Para el avaro “dios” es el dinero. Hoy, para muchos este “dios” es la “propiedad”, el poder “disponer de las cosas”. En el campo político la “obsesión por el poder” puede asumir la semblanza de Dios, y así, divinizarlo. En el campo de los espectáculos puede presentarse como “dios”, la actriz del momento que hasta la llegan a llamar “la diva”, palabra que deriva de latín, que quiere decir “diosa”. En el sector del deporte puede convertirse en “dios”, al ídolo del momento, en efecto, la palabra “ídolo” significa “dios”. Inclusive, en la actualidad, la adicción morbosa al “internet” se ha convertido en una nueva “divinidad”.

No es difícil comprender, cómo estas corrientes erróneas de la tendencia humana hacia Dios, dispersen la interioridad. Interioridad, que debería estar centralizada en el propio yo y dirigida solamente al Dios verdadero. Esta falsa adoración distorsiona forzosamente la dirección hacia Dios que tiene nuestra tendencia fundamental hacia Él. Su verdadero fin no es ya Dios, sino, más bien “la creatura”. Con esto la tendencia natural que tenemos hacia Dios queda condenada a la dispersión hacia cualquier cosa creada y, como con esto, se dispersa también la fuerza del “centro personal”. El abandono total del corazón hacia las cosas creadas absorbe toda la “linfa vital” (esto es, nuestras fuerzas interiores), y no la deja dirigirse hacia su verdadero objetivo que es Dios.

El peligro de caer en esta “falsa adoración” y el peligro de la dispersión personal, que está necesariamente vinculado a tal “adoración”, son las circunstancias que ilustran, con toda claridad, la importancia que tiene el descubrimiento “existencial” del verdadero Dios. Toda introducción del sentido religioso en la “experiencia del Dios vivo” es el único espacio legítimo de la verdadera adoración.




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