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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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23 Septiembre 2018 04:00:00
Los triángulos de Delétang
Juan José Arreola fue uno de los uno de los escritores más talentosos de México y, como muchos otros, también fue un gran aficionado al juego-ciencia. El 21 de septiembre celebramos el centenario de su natalicio, a lo largo del país se hicieron conmemoraciones con círculos de lectura, charlas y mesas de debate sobre su obra.

Arreola plasmó en sus textos la gran pasión que los 64 escaques causaban en él. En su cuento El Rey Negro, el autor habla sobre la fase final de la partida, donde el rey termina acorralado por el alfil y caballo enemigo. Aquí un fragmento del mismo:

La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el triángulo de Delétang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. […] Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final.

Pero el lector que no sabe sobre ajedrez y teoría de finales se preguntará, ¿qué diantres son los triángulos de Delétang? Aquí va la sencilla (en cuanto sea posible) explicación: El juego de ajedrez se divide en tres partes: apertura, medio juego y final. Un dicho común para el principiante reza: “juega la apertura como un libro, el medio juego como un mago y el final como una máquina”.

El embrollo  resulta cuando la teoría va siendo tan basta que las cosas que hay que memorizar son muchas. El mate de alfil y caballo es uno de los más complejos de ejecutar, porque para lograrlo hay que dejar de ver el tablero en función de filas, columnas y diagonales, y empezar a verlo como triángulos: los triángulos de Delétang, que suceden de un triángulo mayor a menor, hasta llegar al más pequeño donde se dará el mate.

Para conseguirlo, el vértice de dichos triángulos debe partir desde una esquina que sea del mismo color de nuestro alfil (es decir, si tenemos alfil de casillas blancas, el mate deberá darse en una casilla blanca), y tratar de ir acorralando al rey, acotando el área de los triángulos hasta que se quede sin espacio y lleguemos al final de la partida.

Hay que jugar el final como una máquina en cuanto a la precisión. Cualquier movimiento mal calculado y el rey se escapará del triángulo y deberemos reiniciar el acecho. Además, que en ajedrez hay otra ley que dicta que si no se consigue dar mate en 50 jugadas, a partir de la reclamación del contrincante, el juego terminará en empate. Así que no podemos perder la noche entera por allí persiguiendo a un rey incauto.

Dominar esta técnica requiere práctica. El maestro Arreola, en su fantástica prosa de El Rey Negro resumió este procedimiento así: “El mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar”. Que así sea.
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