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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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08 Septiembre 2019 04:09:00
¡Maestro!
Siempre igual, fiel a tu espejo diario, como recomendara López Velarde, transitó por su fructífera vida Francisco Toledo, quien la dejó a sus 79 años el jueves anterior. Nunca cambió, ni siquiera de atuendo; mucho menos de ideales y pasiones. De estas tuvo dos enormes, avasalladoras: el arte y Oaxaca, su tierra natal, por la que libró batallas épicas defendiéndola de las agresiones de una supuesta modernidad que sirve de disfraz a la ambición del dinero.

Moreno, delgado, barba y melena borrascosas conquistadas de blanco y ojos que parecían clavarse en el infinito, Francisco Toledo era un genio indiscutible de la pintura, del dibujo y del grabado. Fue, para muchos, el último grande que nos quedaba. No solo puso a Oaxaca en el mapa mundial de las artes plásticas, también hizo de su actitud, de su valentía y de su generosidad, una lección que, sería deseable, aprendiéramos y practicáramos todos.

Los medios de comunicación recuerdan hoy la defensa de su amada Oaxaca y de sus tradiciones. Fundador de instituciones para impulsar a nuevos creadores y evitar la extinción de las lenguas indígenas, deja una huella profunda en la historia cultural de México.

Enfrentó por igual a gobernantes que a particulares cuando creyó ver agredido el patrimonio arquitectónico y geográfico de la capital oaxaqueña. Evitó la instalación de un restaurante de hamburguesas en el Centro Histórico de la ciudad. Luego, como forma poética-nacionalista de celebrar el triunfo de su movimiento, organizó una tamaliza multitudinaria frente al sitio elegido por la cadena de comida rápida. También obligó al entonces gobernador a dar marcha atrás al proyecto de construir un Centro de Convenciones en el Cerro del Fortín.

Su generosidad no conocía límites. En 2015 vendió al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), por él fundado, su colección compuesta por 125 mil obras. Recibió un peso como pago por una colección cuyo valor en el mercado sería de decenas, quizá cientos de miles de dólares. Al explicar la venta explicó que la hacía “para empezar a dejar todo en orden”. Atento a lo grande y a lo pequeño, hizo fuertes donaciones en Juchitán para la reconstrucción de las viviendas dañadas por el sismo de 2017 y ayudó a los fabricantes de totopos a adquirir los enseres que habían perdido.

Admirable era, asimismo, su imaginación poética, que se plasmaba no únicamente en sus pinturas, dibujos y grabados. Unido a las exigencias de la aparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, animó a los alumnos del IAGO a fabricar igual número de papalotes y pintar en cada uno el rostro de un desaparecido. Luego echaron a volar los papalotes en el corredor turístico de Oaxaca en las horas de mayor tránsito.

Interrogado por los periodistas acerca del significado simbólico del acto, respondió: “Si a los estudiantes se les busca en la tierra, también hay que buscarlos en los aires”.

El viernes pasado México amaneció más pobre, y los conejos, coyotes, gatos, sapos, chapulines y demás seres que pueblan su obra, quedan como constancia de la creatividad de un artista que hizo de lo al parecer insignificante seres fantásticos capaces de disparar la sensibilidad de los espectadores.

Pionero de la hoy reconocida Escuela Oaxaqueña de Pintura, en la cual destacan Felipe Morales, Rolando Rojas, Roberto Doniz y media docena más, Francisco Toledo acaba de abandonar sus pinceles y buriles, pero sus sapos, conejos, gatos y chapulines seguirán saltando y asaltando nuestra imaginación.
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