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21 Marzo 2020 04:00:00
Maíz nativo
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Por: Eduardo del Bosque

En México coexisten dos mundos agrícolas, muy diferentes entre sí: por un lado, existe una agricultura tecnificada, exportadora, incluso a la vanguardia tecnológica y de altos rendimientos; y por otro lado lado, contamos con una agricultura campesina, que produce principalmente para el autoconsumo, que usa tecnologías más amigables con el medio ambiente y que es depositaria de una enorme riqueza genética y cultural.

Pues bien, durante 30 años, el antiguo régimen neoliberal, que afortunadamente ya está en el basurero de la historia, sólo volteó a ver a la agricultura tecnificada e ignoró a la agricultura campesina, a pesar de que más del 80% de los productores en nuestro país forman parte precisamente de la agricultura campesina.

No es, por lo tanto, una sorpresa, el que entre los campesinos de México se concentre la mayor parte de la pobreza y la pobreza extrema del país.

¿Por qué se abandonó la agricultura campesina? El dogma neoliberal sostiene que toda la agricultura debe ser empresarial y altamente tecnificada. Su utopía para el campo implica un tipo de agricultura que exige grandes extensiones de tierra de cultivo, fertilizantes químicos, plaguicidas, semillas híbridas, sistemas de riego altamente tecnificados, maquinaria agrícola, etc.

Para que ese tipo de agricultura sea posible, se requiere la concentración de la riqueza agraria: agua, recursos y, sobre todo, tierra. Para decirlo con toda claridad: su proyecto fue el de revertir el reparto agrario que nos costó una Revolución conseguir y volver al latifundio porfirista. Su sueño era que los ejidatarios y comuneros vendieran sus tierras.

La verdad sea dicha, trabajaron con esmero para convertir su sueño en realidad. No solo modificaron el marco legal para permitir la venta de tierras ejidales y comunales, con la modificación del artículo 27 de la Constitución, sino que iniciaron una verdadera guerra neoliberal contra el campo: acabaron con el extensionismo, con los precios de garantía, con una gran cantidad de instituciones de apoyo al campo y pusieron a competir a los campesinos mexicanos con los productores de EEUU, altamente tecnificados y con enormes subsidios de su gobierno.

El día de hoy podemos decir con certeza que esa guerra fracasó. El proyecto neoliberal para el campo se estrelló con la resistencia, el trabajo y el amor a la tierra de los campesinos mexicanos y menos del 5% de las tierras ejidales y comunales fueron vendidas durante todo este tiempo.

Por eso es que, en este histórico proceso de cambio que es la Cuarta Transformación, tenemos que voltear a ver, ahora sí, a la agricultura campesina de México. En ese sentido, esta Ley federal para el fomento y protección del maíz nativo, representa un punto de quiebre en las políticas del Estado mexicano respecto al campo.

El maíz nativo es cultivado en todo lo que hoy es México, y en el centro y sur, desde hace miles de años. Aún al día de hoy, en milpas o, como le llaman en Coahuila y la mayor parte del norte del país, en “la labor”, se sigue cultivando ciclo tras ciclo maíz nativo (que algunos llaman “criollo”) y se sigue seleccionando y mejorando la semilla a través del conocimiento tradicional que nos viene de las grandes civilizaciones mesoamericanas.

La agricultura campesina mexicana le ha aportado al mundo riqueza genética invaluable. Basta decir que el maíz es el cultivo con mayor volumen de producción a nivel mundial. Pero, además, desarrolla sistemas de producción más sustentables y más amigables con el medio ambiente.

En mesoamérica, el sistema milpa permitió el florecimiento de grandes civilizaciones, aportando alimentos a ciudades que fueron de las más pobladas del mundo en su tiempo, sosteniendo la producción durante miles de años sin interrupción. En contraste, la agricultura industrial, con sus enormes impactos medioambientales, en menos de 100 años de existencia ya ha puesto al límite a nuestros ecosistemas y representa una de la mayores amenazas para la sostenibilidad del planeta.

Esa nueva política para el maíz nativo, base de la agricultura campesina en México, será ahora diseñada no por nosotros, legisladores, sino que se crea la figura del Consejo Nacional del Maíz, con participación de comunidades indígenas y campesinas, y se reconoce a las comunidades también la facultad de definir de acuerdo a sus criterios cómo se construirán y operarán los Bancos Comunitarios de Semillas. La enorme riqueza genética del maíz, será resguardada por los pueblos campesinos de México, siguiendo los lineamientos que ellos mismos definirán.

La aprobación en la Cámara de Diputados de esta propuesta originada en el Senado, fue muy complicada debido a las campañas de desinformación que, entre otras cosas, atribuyeron erróneamente a esta ley una supuesta prohibición de maíces híbridos (totalmente falso), o un absurdo aumento al precio de la tortilla. No obstante, al final, se logró el apoyo de todos los partidos políticos en la Comisión de Agricultura y se realizaron cambios menores para precisar la Ley, que ya se aprobó el pasado miércoles en el pleno y regresará para su muy probable aprobación en el Senado.

Finalmente, es importante resaltar que, a pesar de muchas personas piensan que el maíz nativo solo es cultivado en el centro y sur del país, en realidad se cultiva y mejora en todo el país. Se ha documentado que, en Coahuila, hasta el 88.5% de los agricultores reservan parte de su producción para usarla en próximos ciclos como semilla, y existe investigación de gran relevancia sobre las razas de maices nativos cultivadas en Coahuila y sus niveles de adaptación a las difíciles condiciones de nuestro estado, principalmente llevada a cabo por investigadores de mi querida Alma Mater, la Narro, como el Dr. Froylán Rincón.

Con la eventual aprobación de esta Ley, el Congreso de la Unión comienza a pagar una deuda histórica con los campesinos de México.

Sin maíz, no hay país.

Sin campesinas y sin campesinos, no hay maíz nativo
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