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Rafael Flores Ramos
Rafael Flores Ramos
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25 Mayo 2012 03:00:29
Mal de muchos
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Mal de muchos, ¿consuelo de tontos? Dice Vargas Llosa; No estoy tratando de demostrar nada con estos ejemplos, (menciona en la columna anterior) que se podrían alargar hasta el infinito, sino diciendo que si se trata de poner punto final a la violencia que los seres humanos infligen al mundo animal para alimentarse, vestirse, divertirse y gozar, ideal perfectamente legítimo y sin duda sano y generoso aunque de tremebundas consecuencias, habrá que hacerlo de manera definitiva e integral, sin excepciones.

Y, a la vez, sacrificando al mismo tiempo los toros los zoológicos, y, por supuesto, los placeres gastronómicos, especialmente los carnívoros y las pieles y todas las prendas de vestir y utensilios u objetos de cuero, piel y pelambreras, y hasta las campañas de erradicación de ciertas especies de insectos y alimañas (¿Qué culpa pueden tener el anófeles hembra, de transmitir el paludismo, la rata la peste bubónica y el murciélago la rabia? ¿Se extermina acaso a los humanos portadores del sida, de la sífilis o del contagioso catarro?)

De modo que el mundo alcance esa utópica perfección, en la que hombres y animales gozarán de los mismos derechos y privilegios, aunque, claro está, no de los mismos deberes, porque nadie hará entender a un tigre hambriento o a una serpiente malhumorada que está prohibido, por la moral y por las leyes, manducarse a un bípedo o fulminarlo de una mordida.

Mientras no se materialice esa utopía seguiré defendiendo las corridas de toros, por lo bellas y emocionantes que pueden ser y, por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque le aburren, o porque la violencia y la sangre que en ellas corren le repugna. A mí me repugnan también, pues soy una persona más bien pacífica. Y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados.

Lo que nos conmueve y embelesa en una buena corrida es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo a su contrapartida, que es la muerte.
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