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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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21 Julio 2009 03:44:17
Más pobres, que comen más
El jueves pasado se publicó la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH) para 2008. El viernes, con base en esa información, el Coneval estimó que la pobreza en México había aumentado entre 2006 y 2008

La pobreza alimentaria pasó de 13.8% a 18.2%, y la pobreza patrimonial de 42.6% a 47.4%. La misma ENIGH reportaba una caída en los ingresos de prácticamente todos los deciles (grupos de 10% de la población), pero diferenciada, de forma que también la distribución del ingreso resultó dañada en ese periodo.

Sin embargo, parece que tenemos problemas mayores con los números, y en realidad no hay un incremento en la pobreza, ni nada que se le parezca. Entiendo que esta afirmación molestará mucho a quienes gozan cuando las cifras son malas, porque pueden culpar a la derecha, al neoliberalismo y al imperialismo yanqui de nuestros problemas. Yo más bien culparía a quienes hacen los números, y no con mucho cuidado.

Si uno revisa las cifras publicadas por INEGI, se encuentra con que la caída en el ingreso proviene de un rubro: transferencias en especie. Resulta que si se evalúan los ingresos de los hogares sin considerar transferencias, la distribución del ingreso no sólo no empeoró, sino que mejoró notablemente entre 2006 y 2008. El coeficiente de Gini, que es un índice de desigualdad que va de cero (total igualdad) a uno (máxima desigualdad), pasó de 0.5 a 0.485. De hecho, es el menor índice desde 2000, que es la comparación que INEGI publicó. Dicho de otra manera, la distribución más igualitaria en lo que va del siglo, y muy probablemente la mejor en la historia.

El problema viene cuando se incorporan las transferencias. Hay de dos tipos: monetarias (Oportunidades, Procampo, adultos mayores, remesas, etc.) y no monetarias (autoconsumo, regalos, servicios asociados a programas de gobierno, etc.). En las primeras, también hay un incremento entre 2006 y 2008, en términos reales. De hecho, en los cuadros publicados por INEGI el jueves pasado, hay un error monumental en el valor de las transferencias provenientes de Oportunidades: en lugar de registrar 4.2 millones de hogares, reportan 1.1 millones; y en lugar de 7 mil 600 millones de pesos, sólo aparecen 2 mil 300 millones. Puesto que ese dinero se concentra entre los deciles II a V, las cosas cambian, y bastante.

El error puede encontrarse porque INEGI publica el detalle de la encuesta, lo que llaman “microdatos”, de forma que uno mismo puede reconstruir toda la información, aunque es un proceso tardado. De cualquier forma, ya INEGI está enterado del problema y no dudo que en unos días se publique una revisión.

A final de cuentas, el problema aparece únicamente en transferencias en especie, que no es un rubro que pueda uno medir adecuadamente. De hecho, la forma en que la encuesta lo mide es preguntando como cuánto cree el respondente que vale lo que recibió. Por ejemplo, si le regalaron una camisa, el encuestador le pregunta ¿cuánto cree que le hubiera costado si usted la hubiese comprado? Imagínese usted las respuestas…

Para evaluar la pobreza, Coneval no utiliza este renglón, precisamente porque es extremadamente dudoso. Lo que hace esta institución es calcular la línea de pobreza con base en el costo de los alimentos, y con eso verificar si el ingreso de los hogares alcanza o no para comprar una canasta determinada. Puesto que entre 2006 y 2008 hubo un gran incremento de precios en alimentos, precisamente, pues la cantidad de personas que ganan por debajo de la línea de pobreza alimentaria se incrementa.

Pero aquí viene otra información de la misma encuesta que hace dudar de esta forma de cálculo. Si uno revisa cómo gastan los mexicanos, resulta que todos comieron más y mejor en 2008 que en 2006. Ciertamente, incrementan su gasto en cereales, porque estos subieron de precio, pero también lo incrementan en carne, leche y huevo. Todos los grupos de población incrementan su consumo de estos alimentos, salvo los deciles III y IV (los que están entre 20% y 40% más pobre del país).

Recordemos que las personas modifican su consumo dependiendo de su ingreso. Mientras más rico es alguien, menos gasta en alimentos y más en educación y diversión, por ejemplo. Así, si vemos que los mexicanos gastan más en alimentos, podríamos pensar que efectivamente empobrecieron. Pero esto no es correcto: al interior de los alimentos, las personas están gastando más en proteínas, que no es precisamente el comportamiento de una persona que empobrece. Si efectivamente hubiesen empobrecido los mexicanos en esos dos años, el consumo de carne, leche y huevo se hubiese reducido. Pues eso no ocurre, reitero, salvo en los deciles III y IV.

Peor aún, el gasto en educación crece, en términos reales, en casi todos los deciles, incluyendo esos dos que le menciono, y más interesante aún, el crecimiento más importante en renglones de gasto ocurre en esparcimiento. A lo mejor me van a decir que frente al empobrecimiento lo único que queda es la fiesta, pero no es así. Si todos los mexicanos gastaron más en esparcimiento, y buena parte de ellos también en educación, entonces los mexicanos fueron más ricos en 2008 que en 2006. O menos pobres, si quiere, que es lo mismo.

No cabe duda de que en México hay una profunda desigualdad: en ingreso, en riqueza, en oportunidades de desarrollo, en todo. Tampoco hay duda de que esa desigualdad, sumada a la mediocridad de nuestra economía, da como resultado un grupo de mexicanos, tal vez 15%, en la miseria, y cosa de la mitad en pobreza de diverso grado. Eso no se discute en esta colaboración. Lo que preocupa es que un conjunto de problemas de medición lleve a conclusiones absurdas, como es frecuente que ocurra en este país.

Si la pobreza se ha ido reduciendo, aunque sea poco a poco, es en buena medida porque no hemos destruido la estabilidad económica. Si hoy los políticos se aprovechan de los errores de INEGI y de las sutilezas estadísticas de Coneval, en poco tiempo hasta eso habremos perdido. Más vale que corrijan los errores de una vez.
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