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19 Diciembre 2019 04:08:00
Meritocracia incluyente
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Por: Jorge Suárez-Vélez

Presenciamos uno de los momentos de cambio más trascendentes en la historia. Se acelera la revolución tecnológica que apenas comienza y que cambiará cómo producimos, cómo aprendemos, cómo sanamos, y cómo, cuánto y de qué vivimos.

Las décadas recientes han sido inmisericordes con quienes no se adaptaron al nuevo entorno, pero viene una realidad más implacable. Se acentuará la división entre ganadores y perdedores. Ganarán quienes desarrollen sistemas educativos flexibles, eficientes y de calidad que permitan que un joven se convierta en quien es. Que dejen atrás dogmas y evolucionen con la ambición de erigir una meritocracia incluyente –no definida por códigos postales– que consolide a quienes tienen capacidad de trabajo, curiosidad intelectual, ambición y tesón para enfrentar el reto que la coyuntura histórica presenta, pero provea sólidas destrezas mercadeables a quienes no tienen la capacidad o el interés de hacerlo.

Venimos de muy atrás por décadas de negligencia educativa. Competimos contra países como Corea del Sur, que logró un sistema envidiable a partir de inversión inteligente y décadas de sacrificio; o como Estados Unidos, cuyas dominantes instituciones educativas nos llevan siglos de ventaja.

Este año, Harvard ganó alrededor de 160 mil millones de pesos solo invirtiendo patrimonio acumulado en sus 383 años. Tiene menos de 20 mil estudiantes (dos tercios de posgrado).
Podrán invertir en laboratorios, desarrollarán tecnología que patentarán y medicamentos cuyas regalías acrecentarán su hacienda; atraerán a los mejores profesores, científicos e investigadores del mundo. A nivel licenciatura, recibieron 37 mil solicitudes en 2019, para admitir a menos de 2 mil alumnos. Cerca del 99% egresarán recibidos en cuatro años, 4 de 5 tendrán beca parcial o total.

Nuestras universidades, mucho más nuevas, no sueñan con patrimonios comparables, ni aspirantes de ese nivel. Casi no tenemos preparatorias académicamente exigentes. Nuestra desigual y mediocre educación preuniversitaria hace que los pocos con acceso a una buena escuela privada tengan admisión casi automática en las universidades más selectivas –Colmex, Libre de Derecho, ITAM– cuyos niveles de aceptación son mucho más altos que en Estados Unidos, Inglaterra, China o Corea.

En esos países, los “filtros” (y el estrés extremo) empiezan años antes de la universidad. El SAT estadunidense o el Suneung coreano son exámenes estandarizados que definen quién va a la universidad y a cuál. Este último dura 8 horas, lo presentan medio millón de estudiantes a la vez. Ese día el país se detiene para evitar hacerles ruido. Dos de tres irán a la universidad, uno de 50 a las mejores. En México los filtros se presentan ya en la carrera. Por ello, las escuelas más exigentes sufren tantas deserciones y los menos se gradúan.

Solo competiremos si nuestras mejores universidades educan a nuestros mejores estudiantes, con niveles de exigencia que les den herramientas para forjar carreras sólidas y acceder a programas de maestría y doctorado en el extranjero que transfieran conocimiento y tecnología que nos es vital.

El injusto ataque al ITAM, mi alma mater, confunde problemas no relacionados. Hoy somos más sensibles a problemas de estabilidad emocional y salud mental que afectan a los jóvenes. Muchos estudios confirman que estos provienen de factores tan diversos como la pérdida de las relaciones cotidianas (jugar videojuegos versus jugar en la calle con el vecino, platicar con quien nos sirve un café versus ordenarlo con el celular, etc.), hasta de la despersonalización y acoso en las redes sociales. Es acertado invertir en apoyar a los más vulnerables. Pero sería un grave error resolverlo reduciendo exigencia y rigor académico que le urgen al país, o desarticulando una meritocracia que premia a quien trabaja, e incluso provee posibilidades de movilidad social a quien se esfuerza.

No hay meritocracia perfecta. Quien tiene recursos siempre tendrá un punto de partida aventajado. Pero emparejarnos en la mediocridad es pésima idea.
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