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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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01 Marzo 2020 04:00:00
México, sociedad de riesgo
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Ya llegó, dicen algunas personas, el tan temido futuro, mientras, con añoranza, repiten que el tiempo pasado fue mejor. Otras, menos nostálgicas, pero con una visión más trágica, piensan que los presentes son tiempos apocalípticos.

Entre el resignado pesimismo de un lado y el optimismo perdido del otro, un vasto contingente de seres humanos inconformes, justamente indignados, inquietos y en ánimo de ver en las crisis oportunidades, han asumido el papel de enfrentar los desafíos de la era en que la humanidad ha ingresado, la era de la “sociedad de riesgo”, como la llama Ulrich Beck, quien dice que “vivimos, pensamos y actuamos con unos conceptos anticuados que, no obstante, siguen gobernando nuestro pensamiento y nuestra acción.”

El concepto de riesgo presupone la previsión para hacer controlables, en la medida de lo posible, las consecuencias de las decisiones que se toman como civilización, ya que éstas desatan peligros y problemas que contradicen, radicalmente, el lenguaje de control institucionalizado.

En la sociedad de riesgo, “explotan” las pretensiones de racionalidad, las responsabilidades, la legitimación del poder institucional porque la sociedad percibe los riesgos, pero no ve como este último pueda enfrentarlos con éxito. La consecuencia es que ese temor engendra una situación “cuasi revolucionaria”, un río revuelto que puede, para bien o para mal, aprovecharse de maneras muy distintas y para intereses diversos, lo mismo legítimos que espurios ¿No es ese el caso de México hoy en día?

Violencia incontenible que crece y se esparce por todas partes, que se dice combatir desde la política de “abrazos, no balazos”; una economía en picada, cuyo decaimiento recalará, inevitablemente y de manera principal, en el deterioro de la condiciones de vida de los menos favorecidos; riesgos de sanidad inminentes, en un entorno que se ha vuelto incapaz de enfrentar las necesidades de salud que, de alguna manera, ya se cubrían, y un largo etcétera que se podría añadir.

Riesgos hay para dar y repartir que se han hecho dolorosa realidad; riesgos que nublan el horizonte con ominosos nubarrones, de tal manera inminentes que la Secretaría de Salud ha dicho que, porque es seguro y fatal su arribo, ha preferido abstenerse de tomar medidas preventivas.

En tanto eso ocurre, quienes deberían estar ocupados, porque esa es su responsabilidad, en prevenir esos riesgos, mueven los hilos del tingla de que se hicieron a causa de la esperanza para ocupar posiciones que les permitan pavimentar el camino para perpetuarse en el poder, con poca (si alguna) intervención efectiva de un sistema de “frenos y contrapesos” mermado y mediatizado que poco promete.

Queda, ya se ha visto, el contrapeso democrático extremo de la sociedad civil, que por definición es ajena al poder, político y económico, o no es sociedad civil, sino extensión encubierta de aquellos.

A nadie extrañe entonces que, ante la farsa y la simulación que han hecho nido en el quehacer político institucional, surjan los brotes de base comunitaria incómodos con las indebidas férulas que han sido impuestas a sus integrantes más desprotegido.

En el fondo, lo que se busca con esas expresiones es la prevalencia de esa actitud virtuosa que consiste en reconocer y respetar el derecho de cada quien, y su contraparte de hacerlo respetar.

Pero existe una interrelación entre la generación de bienes y la generación de males que, si bien puede desencadenar una dinámica virtuosa de cambios culturales y políticos, también se incrementan los riesgos de reposicionamiento del que alguien ha llamado “el sempiterno poder”.

Por eso, el riesgo mayor del que hay que precaverse, y el único en el que nadie puede darse el lujo de incurrir, es el de caer en el viejo garlito estratégico que recomienda “divide y vencerás”.

Téngase mucho cuidado con él, no sea que den los empeños y propósitos en una fragmentación de frentes que pueda dar lugar a feudos aislados, vulnerables frente a quienes abrigan el interés de ganar posiciones contrarias al resguardo de la justicia que debiera imperar.
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