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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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15 Septiembre 2019 04:06:00
Mis patrias
La noche de hoy, desde el zócalo capitalino hasta la más alejada placita de cualquier cabecera municipal, y aun en el extranjero, se repetirá el grito de ¡Viva México! Henchidos de patriotismo, vitorearemos a nuestros héroes mientras el cielo ve incrementado de manera efímera el número de sus estrellas con el estruendo de los fuegos de artificio, los cuales miraremos aunque no sea del brazo de nuestra novia la galana, como aconsejaba López Velarde.

Nuestro himno de acentos bélicos habrá de ser entonado por millones, muchos de los cuales quizá no sepan bien a bien qué significa eso de “aprestad el bridón”. Otros, con un patriotismo que pinta la raya ante quienes lo duden, lucirán anchos sombreros con la retadora leyenda de “¡Viva México, cabrones!”

Noche de amar a la patria, así en abstracto, lo cual, debo confesarlo, no es sencillo. Sin embargo, al margen de sentirse parte del concepto, en el caso personal hay paisajes, momentos, olores, sabores, sonidos y palabras que hacen constar mi ineludible pertenencia a una nación llamada México. Son, por así decirlo, fragmentos de una patria personal que me han marcado emocional y estéticamente, acabando por formarme como lo que soy.

¿Cuáles son mis patrias?

Escuchar el sonar de la máquina de coser Singer viendo a mi madre terminar no sé qué, una sábana, una blusa o la funda de una almohada. El trac-trac de la Singer y el rostro concentrado de mi madre, quien con ágiles manos movía la tela guiándola por el veloz subir y bajar de la aguja, me hace sentir, todavía decenas de años después, que mi corazón se escrituró para siempre en el lugar donde esto ocurría.

También de tarde, regresar del colegio y al abrir la puerta de la casa y verme envuelto, arropado, por el aroma a tortillas de harina, constituía la certeza de tener un hogar donde vivir alegrías y descargar penas. ¿Y qué es la patria sino un hogar grande, inmenso?

Viejecita, morena, la cabeza cubierta con rebozo gris, Juanita era una lavandera orgullosa de su estirpe de “tlaxcalteca pura”, como ella decía. Hablaba de su abuelo, cosechador de verduras allá por la calle de Moctezuma, que luego vendía casa por casa. Impecablemente pulcra en la sencillez de su atuendo, le irritaba lo descuidado de mi melena, y me reprendía utilizando una palabra náhuatl oída entonces por primera vez: “Ay, niño, tus pelos parecen chimal”. Años después me enteré que chimalli era un escudo prehispánico, cuyos bordes solían adornarse con plumas. Aunque ya no tengo cabello suficiente para asemejarse a un chimal, nunca olvidaré que, gracias a usted, Juanita, me asomé por primera vez al pasado profundo de este país.

A la orilla de la presa del Tulillo, sentados en el suelo, esperando al lado de mi padre el improbable paso de una parvada de patos. El día empezaba a rendirse ante el embate del ocaso. Un sol en llamas pintaba una estela roja en el espejo del agua. Padre encendió su pipa. Entonces pensé en lo bello que sería que el tiempo se detuviera y siguiéramos siempre tan juntos, sin necesidad de hablar.

¿Cómo no amar a México si en un rincón de su territorio mi tío Alfonso intentó inútilmente hacer de mí un segunda base que no diera vergüenza? ¿Cómo no sentirme parte de este país si en su suelo crecían las rosas amarillas cultivadas por mamá? ¿Cómo no sentirme mexicano si aquí aprendí a leer y conocí la zozobra de los primeros enamoramientos juveniles? ¿Cómo no ha de ser mi Patria, si aquí probé por primera vez la cajeta de
membrillo?
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