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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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08 Junio 2019 03:59:00
Moral no es conciencia
Todos los problemas que padece el mundo son la suma de los de cada persona que lo habita. Que esta idea sea tomada como una mentira, una exageración o, en última instancia, algo que no nos concierne personalmente, es la verdadera causa del deterioro económico, político, social y ambiental.

Todos somos esa persona que en algún momento antepone el interés personal al ajeno y al colectivo, ese ciudadano que se da una “pequeña” licencia cívica que “no afecta a nadie” o “afecta poquito”; aún peor, que “está mal, pero pues ya qué” o “es mi derecho”, pero no se lo permitimos a los demás, porque nos sentimos muy afrentados. No reconocernos en esta actitud nos permite evadir la culpa, que es una emoción de altísima autodestructividad, así como la responsabilidad de cambiar, cosa que a nadie le gusta. El que sea necesario no lo hace agradable.

Pero si no tenemos claridad sobre la forma y la magnitud en que afectamos a otros con nuestras acciones y en el ejercicio irrestricto de nuestros derechos, tampoco la tendremos en relación a la fuerza con que seremos dañados por esos otros en las mismas o en otras circunstancias.

Multipliquemos estas actitudes, extendamos estas cegueras voluntarias y, en consecuencia, magnifiquemos sus efectos. ¿Aterrador, verdad? Ahora veamos de qué manera participamos en la reproducción del “no es asunto mío”. Y lo hacemos, indudablemente lo hacemos. No existe el humano perfecto ni el ciudadano completamente ejemplar. Solo el que prefiere ignorar las circunstancias.

Tras esta reflexión nos vamos a encontrar con una crisis mundial de conciencias, porque eso es, justamente, lo que tiene al mundo en deterioro constante. Efectivamente, los cambios personales para mejor ayudan, porque se expanden igual que los problemas.

La solución es simple: conciencia y más conciencia, entendida como la voz interior que nos tortura cuando no hacemos lo correcto y cuando nuestras verdaderas motivaciones son egoístas. Esa es la voz de la verdad y viene de nuestra esencia espiritual, del potencial para el bien y la naturaleza amorosa que todos poseemos. Es la misma en usted que en mí y en cualquier otro.

Este es el nudo gordiano: damos por hecho que la moral, esa norma que nos enseña a distinguir entre el bien y el mal, así como la ética, que es el conjunto de normas morales, responden a los mandatos de la conciencia, cuando en realidad pueden ser completamente opuestas. Por algo decía el filósofo griego Demócrito que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. Es decir, cuando el colectivo se ha alejado completamente de la conciencia, lo cual, como ha podido ya adivinar, es la regla en la actualidad.

Todos acostumbramos, en menor o mayor medida, amordazar a nuestra voz interior en aras de la satisfacción egoísta de necesidades. A estas alturas de nuestra existencia, como especie, tenemos apenas la madurez emocional, personal y colectivamente, de un niño o un adolescente. No hemos sabido, salvo honrosas excepciones,

llegar a ser adultos plenos.

Peleando con nuestros familiares, con el otro género, con la otra clase social, con la vida en general, y por supuesto con la naturaleza, a la cual hemos creído ingenuamente someter, estamos depauperando nuestras condiciones de vida interna, primero, externa después, como reflejo de aquella.

Conocer las posibles y las ineludibles consecuencias de nuestras decisiones y acciones nos exige siempre responsabilizarnos, lo que a su vez nos obliga a pensar en los demás y actuar en consecuencia.

Todos, de una u otra manera, evadimos esto, permanecemos en la ignorancia porque queremos hacerlo, pero eso también nos impide conocer nuestra propia debilidad.

No importa qué tan fuertes nos sintamos, si los demás, particularmente los desconocidos, no se ocupan de nosotros, estaremos a la larga perdidos. Y de acuerdo a las leyes del universo, no recibimos lo que no damos.
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