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Jorge Zepeda Patterson
Jorge Zepeda Patterson
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14 Abril 2013 04:10:16
Moreno Valle y la noria del infortunio
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En su afán de emular el éxito político de las piscinas, pistas de hielo y conciertos en el Zócalo, el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, se ha metido en una espiral de infortunios. O, mejor dicho, en una rueda de la fortuna plagada de mala suerte. La intención del gobernador era inaugurar para los festejos del 5 de mayo una “noria-mirador” (supongo que similar al famoso London Eye, pero sin el Támesis ni el palacio de Westminster). Para empezar, el costo de la ocurrencia ha sido objeto de críticas. Un medio local reportó que ascendería a cerca de 400 millones de pesos, aunque fuentes oficiales aseguran que la adquisición de la maquinaria en Alemania no pasaría de 100 millones (“dos dígitos seguidos de seis ceros” dijeron). No está claro si tales presupuestos incluían los terrenos y obras de construcción que implica la instalación de la rueda. Pero más allá del costo, el problema es que algunos poblanos no parecen muy entusiasmados con la idea.

Primero expulsaron el proyecto de la zona del centro histórico de Puebla por considerar que podría afectar el abigarrado y remodelado espacio colonial del primer cuadro de la ciudad. Y ahora padres de familia y estudiantes se oponen a que sea construido en Los Viveros, un terreno vinculado a un centro escolar. Los jóvenes aseguran que no permitirán que se derriben los árboles para hacer sitio a la inmensa noria y enarbolan mantas en las que exigen “inversión para la educación no para la diversión”.

No sé en qué vaya a terminar el culebrón, pero el asunto pone sobre la mesa dos temas dignos de reflexión. Por una parte la reciente inclinación de los gobernantes a buscar golpes mediáticos a través de obras más cercanas al rubro de “pan y circo” que al de políticas públicas de mayor trascendencia. Y no es que en sí mismas sean deleznables, ni mucho menos. Tienen qué ver con el costo-beneficio, y con la manera en que el público haga suyo el resultado de tales acciones.

Me parece, por ejemplo, un acierto la celebración de conciertos en el Zócalo o su conversión momentánea en piscina o pista de hielo. El costo es relativamente bajo y permite que decenas de miles de personas tengan acceso a servicios culturales y de esparcimiento que no están a su alcance por razones económicas y de otra índole. Por cada capitalino que se aventura en la pista de hielo hay varias decenas que sólo van a atestiguar, por primera vez en su vida, el sonido y los trazos que provoca en la superficie helada el roce de las navajas de los patinadores.

Lo cual conduce al segundo tema. La diferencia entre una oferta atractiva e ingeniosa y una ocurrencia disparatada estriba (además de en la prudencia del costo) en la sensibilidad frente a las necesidades de la gente. La infame Estela de Luz no sólo estaba condenada por el derroche disparatado y las malas prácticas que evidencian su construcción. También porque se hizo con la pretensión de convertirlo en el nuevo Ángel de la Independencia, para destronar al angelito como punto de encuentro espontáneo de los capitalinos. Para desgracia de Felipe Calderón, verdadero promotor del adefesio, el público sólo se interesó en la obra para ridiculizarla.

De manera creciente la opinión pública, los vecinos y las organizaciones sociales no están dispuestos a quedarse cruzados de brazos frente a tales ocurrencias. Los ciudadanos han entendido que el espacio urbano es suyo, no de los funcionarios que están de paso. Las obras se realizan con recursos del erario y desplazan usos del suelo que compete a la población decidir.

Por lo demás, como lo mostró el escándalo de la Estela de Luz o el misterioso portafolio con 25 millones en efectivo del gobierno de Veracruz presuntamente enviados para financiar el Festival de Tajín, estas obras se prestan a un gasto discrecional por los servicios intangibles y consultorías que entrañan. Razón de más para cuidar de cerca su aplicación.

Ciertamente es responsabilidad de las autoridades ofrecer el mobiliario urbano que requiere la población, incluyendo obras insignia que dan identidad y prestigio a una ciudad. Pero hacerlo sin entender que son los ciudadanos los que convierten los espacios públicos en espacios vivos o en elefantes i nútiles equivale a convertir una ocurrencia en una tragicomedia. Algo parecido a lo que hoy padece el gobernador de Puebla y su rueda del infortunio.
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