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30 Abril 2019 04:00:00
No fui yo, fue mi mano
Entre los niños traviesos, Israel era el más travieso. Si hubiera olimpiadas de traviesos, al escuincle lo descalificarían por travieso. Ese chamaco es más peligroso que meter un tenedor al enchufe. Pues, bien, resulta que el otro día llegó a su casa con el cabello ¡tuzado! Por sus purititas pistolas, Israel decidió tomar las tijeras y hacerse un corte de pelo estilo Tizoc. Su madre al verlo casi se infarta:

–Ahora sí vas a ver cómo te va a ir cuando llegue tu padre.

–Pero, ¿por qué? –reclamó todo tierno–, si yo no hice nada.

–No digas mentiras, Israel. La maestra me dijo que fuiste tú.

–No, mamá, te lo juro: no fui yo, fue mi mano.

Así, igualito, está Andrés Manuel López Obrador con sus ataques a la prensa, que ya provocaron que varios de sus seguidores amenazaran hasta de muerte a varios periodistas, incluido al director de este periódico que tienes en las manos.

Según el Presidente, él no va a censurar a los medios, ni pretende acallarlos, sólo está dando su opinión y contestando a las críticas. Eso dice él, pero en realidad se hace güey porque bien que sabe que su palabra pesa mucho, muchísimo, entre sus seguidores que son millones. Un líder político es también un líder de opinión, por lo cual cuando se enoja con alguien (en este caso la prensa) y lanza un ataque verbal en su contra, para sus fieles suena como una orden para abrir fuego. Basta con que AMLO diga “ay”, para que sus legiones de pejefans se avienten a sobarle.

Eso que explica que cuando López Obrador dice que Reforma miente (aunque él sea quien está mintiendo), en las benditas redes sociales comienzan los gritos y sombrerazos contra el periódico y sus directivos, al grado de promover llevar las agresiones de las redes a la vida real. ¡Serenos, morenos! Habrá que comprarle una buena dotación de curitas al Presidente, pues se muerde la lengua cada vez que habla de que quiere reconciliar al país y al mismo tiempo se dedica a dividirlo más y más. A ver si no sale con que no fue él, sino fue su boca.

Había una vez...

Niñas y niños hoy les voy a contar la historia de un fantasma. Pero, no, no se espanten: no es un cuento de terror. Más bien es una historia triste, tan triste que seguramente terminarán llorando como este fantasma cuyo nombre es Perredé.

Hubo un tiempo en que Perredé no era un fantasma, sino un personaje político muy importante que llegó a gobernar, inclusive, la capital del país. Fue tal la fuerza que llegó a tener Perredé que casi gana la Presidencia de la República. Perredé siempre le echó la culpa de su derrota a un tal señor Don Fraude, pero la realidad es que la debacle de Perredé se debió al dinero. Sí, Perredé le agarró demasiado gusto al dinero, pero como no ganaba lo suficiente comenzó a tratar de obtener como le enseñó su padre, el mañoso viejo Don Tricolor, del cual juró ser diferente, pero terminó siendo peor.

Y es que Perredé, a diferencia de Don Tricolor, no hizo grandes obras ni estableció importantes instituciones. No, no, no: Perredé simple y sencillamente se dedicaba a repartirse el botín, sin dejar un solo peso ni para tapar un hoyo en las calles. Fue tal su avaricia que comenzó a perder a todos sus amigos y, lo peor, terminó siendo aliado de sus enemigos. Al final, Perredé murió desnutrido, triste, abandonado y sin dinero.

Hoy es un miserable fantasma que deambula por la Cámara de Diputados y por el Senado, arrastrando una fotografía de Miguel Mancera.

¡Nos vemos el jueves!
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