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Dan T
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25 Septiembre 2018 04:06:00
¡No tienen abuela!
¿No les pasa que extrañan 521 veces al día a una persona? A mí tampoco. Pero de eso no quiero hablar, sino de lo que sucedió el otro día en un pueblo. Allí se llevó a cabo un juicio y resultó que la primera testigo era una abuela de unos 75 años. Al sentarla en el banquillo, el abogado le preguntó:

–Doña Gloria, usted conoce a todos en el pueblo, incluido al acusado, ¿no es así?

–Así es –respondió la abuela.

–Por ejemplo, ¿usted me conoce?

–Claro que lo conozco, y la verdad no sé si cometió el delito del que lo acusan. Yo sé reconocer cuando alguien está maleado, y su cliente no parece tan malo como dicen. Lo que sí le puedo decir con toda certeza, abogado, es que estoy muy decepcionada de usted. Nunca fue a visitar a su abuela en sus últimos años de vida. Y a sus papás sólo los va a ver cuando no encuentra quién le cuide a los niños. Ahí andan los pobres haciéndose cargo de los cinco chamacos que tuvo con tres mujeres, porque usted es un caliente que no sabe estarse quieto y por eso lleva tres divorcios.

–Este, bueno, yo –tartamudeó el abogado sin saber qué decir y le aventó la bolita al fiscal–. De mi parte es todo, dejo la testigo a la parte acusadora.

–Muy bien –dijo feliz el fiscal tras la paliza a su oponente, por lo que confiado en ganar más puntos también le preguntó a la señora–. ¿Y a mí me conoce, doña Gloria?

–¡Uy, por supuesto! Lo conozco desde que era un adolescente y déjeme decirle que si sus padres vivieran, se volverían a morir de la vergüenza. A pesar del traje tan bonito que lleva, es usted un vagabundo que duerme en su coche y, a veces, en hoteles de paso. Mire, hasta acá me llega el olor del Tonayán que se desayunó hace rato. Menos mal que no es usted el abogado defensor, porque si así fuera, ese pobre hombre, el acusado, terminaría fusilado siete veces y luego lo obligarían a cumplir dos cadenas perpetuas.

–Esteee –intentó responder algo el fiscal, pero se había quedado sin palabras, fue entonces que, milagrosamente, intervino el juez.

–¡Basta! A ver, el abogado defensor y el fiscal acérquense a mi escritorio –cuando ambos llegaron con el juez, éste tapó el micrófono y les dijo con severidad–. A ver, pendejos, si alguno de ustedes dos se atreve a preguntarle a la abuela si me conoce ¡lo mando fusilar!

En México los políticos no tienen abuela. Se nota a leguas que de chiquitos no tuvieron cariño, alguien que los apapachara y los echara a perder. Pero sobre todo no tuvieron a alguien que de grandes les dijera sus verdades, como hacen las abuelas. Sólo ellas son capaces de decir las cosas menos apropiadas con el tono de una caricia. Una abuela le habría dicho a Enrique Peña: “Ay, Quique, ¿no te cansas de ser la burla de todos?”. Y, de haberla tenido, su abuela le habría dicho a López Obrador: “Mira, Andresito, no seas necio, entiende que no estás hecho para ser presidente. Mejor tómate este chocolatito”. Sólo una abuela podría haber metido en cintura a Fernández Noroña diciéndole: “Mijito, hacer berrinches después de los 8 años no es de gente decente. ¿Y si mejor te pones a trabajar?”. ¿Qué le diría su abuela a Olga Sánchez Cordero? “Ay, mi niña tan bonita, ¿a ti habría gustado ser inteligente, verdad?”. Yo por eso sí tengo abuela, se llama Emma y hoy cumple 90 años, pero ella insistirá en que son menos y me dirá: “¿Cómo es posible que a tu edad andes escribiendo esas payasadas? A lo mejor ya es hora de que consigas un trabajo de verdad, milito”.

¡Nos vemos el jueves!
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