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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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05 Mayo 2019 03:55:00
Odisea bancaria
La minúscula sucursal bancaria está repleta. Largas filas en las dos cajas que funcionan en ese momento y por lo menos una veintena de personas de todas las edades y condición esperan ser atendidas por quienes el banco identifica pomposamente como “ejecutivos de cuenta”. Para su comodidad, la clientela dispone de un único y miserable sillón a punto de jubilación, donde caben, casi obscenamente apretujadas, cinco personas. El resto espera pacientemente –bueno, es un decir– de pie.

Una señora de edad, delgada, con gesto que puede ser de aburrimiento o de enojo, hace equilibrios en el filo del malhadado sillón cuya resistencia al peso humano desapareció mucho tiempo atrás.

Cansados, los de a pie tratan de recargarse en una porción de pared o se sostienen en una y otra pierna de manera alterna, con la idea de ofrecer momentáneo descanso a sus extremidades inferiores. Mientras, un niño de 8 o 10 años se distrae haciendo acrobacias en el piso entre las filas frente a las cajas. Su madre, aún joven, de pantalón floreado, intenta inútilmente detener la vigorosa movilidad del chico, a quien las llamadas de atención maternas le hacen lo mismo que dicen le hizo el aire a Juárez.

Con solamente dos cajas funcionando, las empleadas no se dan abasto para atender a la fila, que en lugar de disminuir crece con la llegada de más clientes. La velocidad de la atención es superada ampliamente por los requerimientos de servicio.

Dos ejecutivos de cuenta y una mujer vestida de azul marino y zapatos negros de altos tacones atienden a la de-sesperada clientela. Bueno, eso en el mejor momento de la jornada, porque, de pronto, una de las ejecutivas abandona su puesto y sale del banco con rumbo desconocido. Seguro la reclamaría un asunto de suma importancia, pues no volvió a aparecer en la siguiente hora y media.

La mujer de azul y altos tacones es funcionaria importante. Esto lo delatan un letrero pegado a espaldas de su escritorio donde se lee: “Subdirectora”, y el hecho de que la única copiadora de la sucursal está en su espacio. A la copiadora acude cualquier miembro del personal del banco necesitado de obtener copias de un documento. Y todos los empleados del banco tienen urgencia de copiar algo.

Finalmente, hora y media después, el cliente “N” es llamado al cubículo de la subdirectora. Uno, ingenuo que es, piensa que, gracias a la computadora, internet y demás chimastrajos de la modernidad, las operaciones se agilizan. ¡Error! Nada de eso. La señora subdirectora teclea y teclea en su computadora y tarda no menos de 15 minutos en localizar la cuenta del señor “N”.

El hombre, optimista que ha sido siempre, pensaba que sus dos asuntos, la obtención de una copia del estado de cuenta y el reclamo de una veintena de cargos indebidos a su tarjeta de crédito, se resolverían rápido.

¡Qué ingenuidad! La subdirectora tarda más de media hora en localizar los errores y después de hacerlo le hace una recomendación: “Llame a tal teléfono de la Ciudad de México”.

Ni para qué alargar el relato con los avatares de la conferencia telefónica, durante la cual una señorita de voz dulce repitió dos docenas de veces: “Espere, señor ‘N’, estoy generando su folio”.

Epílogo tragicómico: Luego de perder más de tres horas, “N” se quedó con la promesa de reembolso de cargos indebidos, la tarjeta de crédito cancelada y la idea de dar una variante al Sermón de la Montaña, “Bienaventurados los pobres, porque ellos no tienen que lidiar con los bancos”.
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