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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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23 Septiembre 2018 04:00:00
Orfeo ed Euridice
La escena operística al inicio de los tiempos dista mucho de ser lo que hoy en día es. Imaginamos aquellas épocas de esplendor en las que los grandes salones se llenan de grandes atuendos y la música no es interrumpida por ningún celular, donde la gente aguarda en silencio el inicio de la ópera. Nada más lejos de la realidad.

Cabe recordar que en un principio nada era como podríamos imaginar. La ópera era un momento en el que podíamos hacer alarde de nuestra posición dentro de la sociedad, donde las luces no se apagaban en el auditorio para concentrarnos en el desarrollo del argumento.

Para nada. Había que ver a la gente y la música muchas veces pasaba desapercibida. No era un completo pandemónium, por supuesto, pero imaginemos los argumentos habituales y que por ende la gente conocía muy bien y no tenía necesidad de prestar demasiada atención.

Además de esto, quien regía el espectáculo era el cantante reconocido en turno. De nada le valía al compositor defender su argumento operístico si el primer cantante pedía integrar en medio de cualquier escena su aria favorita, tuviera o no relación con la historia. Y esto, lejos de desagradar, a muchos gustaba.

El fuego de artificio estaba a la orden del día y los malabares melódicos estaban a la orden del día para sorprender y ganar más entradas. Pero siempre se encuentran pepitas de oro entre tanta hojarasca.

Por otra parte, no siempre se siguió la misma dirección. En el siglo 18 un compositor transformó la ópera en muchos aspectos, tantos, que pasó a la historia con este epíteto: El reformador. Christoph Willibald Gluck, el reformador.

Entre las reformas establecidas por el compositor alemán están el haber quitado tanto protagonismo al cantante divo y someterlo al desarrollo de la historia; quitarle la improvisación, usual en la época para lucimiento, y obligarlo a respetar la partitura; introducir una obertura más acorde a la historia y tratamiento musical del resto de la ópera, argumentos más humanos, aunque con mitología aún, donde los personajes demuestran más sus emociones; una duración más limitada, resultado de quitar las cosas superfluas que antes se usaban para aumentar el espectáculo, entre otras cosas.

Por supuesto que no hubo una transformación de la noche a la mañana. Muchos eran partidarios de la ópera como la conocían, de ahí que las querellas, con protestas frente a los teatros y demás euforias, eran comunes, como la que había entre los partidarios de Gluck y los de Piccinni, célebre compositor de la época.

O también el desdén que algunos tenían por Gluck, como el mismo Haendel, quien no se reservaba sus comentarios al decir que su cocinero sabía más música que Gluck.

Pero amén de estos dimes y diretes, la música de Gluck preparó el camino para una visión musical que aprehenderían compositores con Mozart, Beethoven o hasta el mismo Wagner. De tal suerte que estamos ante un compositor notable e imprescindible para el transcurso de la historia musical.

Para muestra su Orfeo ed Euridice, en su versión de 1771.

ÁLBUM DE LA semana: Gluck. Orfeo ed Euridice. Spotify.
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