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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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16 Junio 2009 03:50:53
Otra forma de ver lo mismo
Le comentaba que América Latina tuvo un pobre desempeño económico durante el siglo XX, y que eso ameritaba una respuesta

Ya sea que ese pobre desempeño sea resultado de los abusos del imperialismo yanqui, o de decisiones erróneas tomadas en nuestro subcontinente, es necesario saber si ya salimos de eso y si podremos, en este siglo XXI, hacer las cosas de otra manera.

Sin embargo, ahora permítame ver lo mismo desde otra perspectiva, que incluso le parecerá contradictoria, pero no lo es. La idea de que América Latina es una entidad no es un asunto trivial. Compartimos muchas cosas, pero no todas, y posiblemente ni siquiera lo esencial. Todas las naciones que llamamos latinoamericanas fuimos colonia del imperio español (incluso Brasil, puesto que Portugal, por varios años, fue parte del imperio), en todas se implantó el catolicismo y todas hablamos español (ahora sí, salvo Brasil). Todos nos independizamos a inicios del siglo XIX (Brasil no, por cierto), y todos hemos sufrido a Estados Unidos.

Pero ese todos, cuando lo ve uno con cuidado, se convierte en algo menos compartido de lo que parece a primera vista. El Caribe, por ejemplo, recibió a los españoles antes que los demás, y prácticamente todos quienes vivían en las islas antes de la llegada de los europeos desaparecieron en muy pocos años. Las islas tuvieron que repoblarse con población del continente y, sobre todo, con africanos traídos como esclavos. La inmigración forzada de africanos fue muy diferente en la América continental. Llegaron más adonde más útiles eran (recuerde que eran mercancía, aunque eso hoy nos resulte chocante): a las plantaciones. En consecuencia, los lugares que fueron destinados a plantación tienen una composición humana muy diferente al resto.

Segunda diferencia importante es la permanencia de la población “original”. Así como en el Caribe prácticamente desaparecieron todos, sobre todo por las enfermedades, así ocurrió en el llamado “cono sur”, donde las pocas comunidades fueron desaparecidas en el siglo XIX conforme inmigraban millares de europeos. Fenómeno que no ocurrió en otras partes de América Latina, o lo hizo con mucha menor intensidad (como en México). En nuestro país, Centroamérica y la región “andina”, la población indígena sí logró sobrevivir. Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador siguen teniendo una proporción de indígenas muy significativa, y no han logrado, además, procesos de integración adecuados (aunque a muchos la integración misma no le parece algo adecuado, por cierto).

Así, resulta que en América Latina tenemos regiones muy diferentes. México, solo, tiene una historia que no comparte con ningún otro país. Fuimos el primer virreinato y, por mucho, el más importante para el Imperio. Desde Chiapas hasta Nicaragua, es una región diferente, que incluso a su interior tiene diferencias muy significativas. No es lo mismo Chiapas, que como quiera ha participado en algo del proceso de México, que Guatemala, aunque comparten la mezcla poblacional y buena parte de las instituciones (es decir, las reglas sociales). Tampoco se parece El Salvador a sus vecinos, un país pequeño, pero con una población indígena muy pequeña, una isla mestiza, si quiere usted.

Más al sur, hay ciertos rasgos compartidos entre Colombia y Venezuela, pero no muchos. Más cercanos, en la construcción poblacional e histórica, están Ecuador, Perú y Bolivia, sobre todo estos dos últimos, que por mucho tiempo fueron una sola nación. Aunque su trayectoria es distinta, yo agruparía a Paraguay con ellos, por la importancia de la población indígena, entre otras razones. Finalmente, Chile Argentina y Uruguay son países europeos colocados en este continente, con población mestiza, pero con una mayor proporción de criollos que en otras regiones. Brasil es cuento aparte, y no sólo por hablar portugués. Como México, es muy grande y diverso, y hay regiones en su interior.

En consecuencia, hablar de América Latina como una entidad no parece tener mucho sentido. Es cierto que compartimos algunas cosas, pero nuestras diferencias son también relevantes. De hecho, me parece que pesan más, al final, las diferencias que los parecidos. A todos nos costó mucho trabajo deshacernos del Imperio, y en todos los casos las naciones latinoamericanas en realidad nos convertimos en colonias de nosotros mismos: los grupos privilegiados durante la Colonia lograron mantener su posición después de la Independencia, de forma que nos deshicimos de España, pero no de la Colonia.

Pero es precisamente ese proceso el que nos va diferenciando. Cada nación inicia un proceso diferente partiendo de esa base “compartida”: una región controlada por un grupo que había conseguido privilegios durante la colonia y que logra establecerse como élite, para lo cual incluso se dividen regiones en naciones (en la zona andina, en Centroamérica, Perú y Bolivia). Estos grupos, enriquecidos en la lógica precapitalista van a aprovechar el momento de crecimiento mundial bajo el control británico (1870-1914), y van a hacer algo que sí nos diferencia de otros países: ellos mismos se convierten en capitalistas.

Este proceso no ocurre en otras partes del mundo. En toda Europa, por ejemplo, los industriales (capitalistas) van a desplazar a los nobles (terratenientes) entre los siglos XVIII y XIX. En Estados Unidos, el enfrentamiento entre estos dos grupos se resuelve, en buena medida, con la Guerra de Secesión (1861-1865). Pero en América Latina esto no ocurre: son los mismos terratenientes los que se convierten en industriales, con lo que logran mantener sus privilegios, pero sin que se transformen en su esencia las culturas nacionales. De esta forma, América Latina se industrializa en manos de terratenientes, con la lógica de éstos, y con el marco institucional propio de la época previa.

Tal vez por ello América Latina no logra ni el despegue productivo ni la reducción en la desigualdad que sí ocurrieron en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX, y en parte de Asia durante el siglo XX. Hay que seguirle…
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