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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Diciembre 2019 04:05:00
Ovejas negras
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Se diría que estamos empecinados en hacer realidad la breve fábula de Tito Monterroso, La Oveja Negra. Para quien no la conozca o la haya olvidado me permito reproducirla completa, porque, además, es siempre disfrutable:

“En un lejano país existió hace muchos años una Oveja Negra. Fue fusilada.

“Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

“Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

Con la ironía que le caracterizaba y sin proponérselo, Monterroso profetizó en unas cuantas palabras estos tiempos que nos tocó vivir, cuando la exaltación de las ovejas negras se ha vuelto política de Estado y asunto cotidiano.

Gracias a ello, por decreto presidencial, los restos de perseguidos de ayer son exhumados y vueltos a inhumar con todos los honores en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores de la Ciudad de México.

Así, las cenizas de dos luchadores sociales, Valentín Campa Salazar y Arnoldo Martínez Verdugo, en su momento satanizados y perseguidos, hoy ocupan sendos lugares en la Rotonda. (Es de esperarse que hayan tenido el tino de enterrarlos en el extremo izquierdo del lugar).

Campa Salazar, miembro del Partido Comunista, dirigió, junto a Demetrio Vallejo, la huelga de los ferrocarrileros en 1959, la cual puso en jaque al Gobierno de Adolfo López Mateos. En la biografía de Campa se cuentan 12 las veces que fue aprehendido y enviado a prisión.

Su ayer compañero de lucha y hoy compañero de panteón, Arnoldo Martínez Verdugo, militó en cuanto partido de izquierda hubo en el México de aquellos años: Comunista Mexicano, de la Revolución Democrática y Socialista Unificado de México. Ambos, congruentes con su postura ideológica, lucharon hasta el final de sus vidas al lado de obreros y campesinos.

No los fusilaron, pero sufrieron continua persecución del Gobierno. Con quien sí se cumplió al pie de la letra la fórmula de Tito Monterroso fue con el general Felipe Ángeles, hoy elevado a la categoría de héroe con motivo del centenario de su fusilamiento ocurrido en Chihuahua el 26 de noviembre de 1919. Pundonoroso militar y hábil artillero, Ángeles se unió a la Revolución maderista y estuvo preso con don Francisco en Palacio Nacional. Por alguna razón, de los tres prisioneros de Huerta –Madero, Pino Suárez y él–, fue el único que salvó entonces la vida. A Madero y a Pino Suárez los asesinaron cuando supuestamente los trasladaban a la cárcel de Lecumberri.

Durante la Revolución Constitucionalista se unió a Francisco Villa, y según algunos autores, su capacidad de estratega y su buena puntería al disparar cañonazos hicieron posibles algunas de las más famosas victorias de la División del Norte. Derrotado Villa, se exilió un tiempo en Estados Unidos, de donde volvió solo para intentar un levantamiento contra el Gobierno de don Venustiano Carranza. Fracasó, fue hecho prisionero y pasado por las armas.

No faltan quienes afeen a don Venustiano por permitir que lo fusilaran, pero el Varón de Cuatro Ciénegas había aprendido bien la lección de Francisco I. Madero, quien ofreció abrazos, no balazos, a los iniciadores de sendas revueltas, Félix Díaz y Bernardo Reyes, quienes acabaron detonando la Decena Trágica que culminó con la muerte del de Parras.

Tito Monterroso, escritor y profeta.
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