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Juan Latapí
Juan Latapí
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16 Febrero 2020 03:10:00
Pasta de Conchos
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Cuando se conmemore el próximo miércoles la tragedia de la mina de carbón Pasta de Conchos, en la que perdieron la vida 65 mineros en 2006, en esta ocasión se tiene la esperanza de recuperar los restos mortales de 63 de ellos. Desafortunadamente la tragedia de hace 14 años, que enlutó a 65 familias de la Región Carbonífera, ha servido para que diferentes actores políticos la utilicen para llevar agua a su molino, como son los actuales líderes mineros.

Cuando explotó Pasta de Conchos, empresa de Grupo México, en ese momento laboraban 487 trabajadores en la mina, de los cuales 45 eran empleados de confianza, 282 trabajadores sindicalizados y 160 trabajadores de la contratista General de Hulla. De los trabajadores que quedaron atrapados en Pasta de Conchos, 4 eran de confianza, 25 sindicalizados y 36 trabajadores de la contratista.

En ese entonces los trabajadores pagaban semanalmente cuotas al sindicato minero -en manos de Napoleón Gómez Urrutia- por diversos motivos: 1.5 por ciento de cuota sindical, cuotas extraordinarias, fondo de resistencia, etcétera. En tiempos ordinarios pagaban cuotas sindicales hasta de 72.90 pesos semanales, que eran equivalentes a casi un día de trabajo, esto significaba que solo de Pasta de Conchos, el sindicato recibía ingresos de hasta 20,557 pesos semanales. Se estima que en 2006 en la Región Carbonífera había 4 mil trabajadores, lo que significa que Napoleón Gómez Urrutia y su sindicato habrían recibido hasta 280 mil pesos semanales.

Como era su costumbre, cada año el Sindicato emplazaba a huelga a Grupo México por violaciones graves a la seguridad que ponían en riesgo la vida de los trabajadores. Pero esas huelgas nunca estallaban y sólo prevalecía la inseguridad ya que los emplazamientos se desistían mediante convenios. Esta práctica de negociar el desistimiento del emplazamiento sin mejorar las condiciones de seguridad era una práctica recurrente. Esto lo confesó inadvertidamente el propio sindicato al afirmar que “con ese motivo, emplazamos cuatro veces a huelga para que corrigieran dichas condiciones de inseguridad, pero nunca, ni las autoridades ni Grupo México, actuaron para reparar las fallas denunciadas”. Implícitamente reconocieron la existencia de esos emplazamientos, que nunca se repararon las fallas de seguridad y que el sindicato minero no estalló las huelgas emplazadas, ni organizó o asesoró a sus agremiados para ejercer el derecho humano a negarse a trabajar en esas condiciones peligrosas.

Lo que de facto confesó el vocero del Sindicato Minero fue la corresponsabilidad del sindicato en el daño a la salud, a la vida y a la integridad física de todos los trabajadores que laboraron en Pasta de Conchos desde que empezaron a vender los emplazamientos a huelga. En consecuencia -de acuerdo al informe “El Carbón Rojo de Coahuila: Aquí se acabó el silencio”, elaborado por Cristina Auerbach- son responsables por la muerte de los 65 mineros de Pasta de Conchos.

El 19 de enero de 2006, exactamente un mes antes de que ocurriera el siniestro de Pasta de Conchos, el Sindicato –representado por Gómez Urrutia- renovó con Industrial Minera México, de Grupo México, una forma moderna de “contrato de protección patronal” llamado “convenio”, por 12 meses, que le redituaba al Sindicato ingresos aproximados por 67,200 pesos mensuales, a pesar de que sabía perfectamente por las Actas de Inspección, Comprobación y los recorridos de la Comisión Mixta de Seguridad e Higiene, que la mina no estaba en condiciones de operar y la vida de los trabajadores estaba en grave peligro, cuando menos desde el año 2000, pero para ellos este riesgo no era un conflicto sino simplemente un negocio.

Cabe recordar que el ahora senador Napoleón Gómez Urrutia nunca fue trabajador minero ni miembro activo de la Sección 120 de Durango en la que su padre -de quien heredó el cargo- lo registró en abril de 1995, aún así, desde mayo de 2002, ha sido Secretario General aún cuando se ausentó del país ante los señalamientos judiciales de los cuales fue objeto por lo que se fue a vivir durante varios años a Canadá, con todo lujo, muy diferente de cómo viven los mineros del carbón.
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