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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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10 Septiembre 2019 04:00:00
Pecado y penitencia
En 18 años, los partidos y la sociedad civil, incluidos los empresarios en lo individual y como sector, fueron incapaces de articular un discurso persuasivo y de generar liderazgos sólidos y creíbles para vacunar al país contra el populismo y plantar cara en las urnas a Andrés Manuel López Obrador. El fracaso de los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón y el retorno del PRI más corrupto a la presidencia con Peña Nieto, le dieron al caudillo de izquierda armas suficientes para socavar un régimen disfuncional controlado por las élites.

La mayoría de los grandes medios de comunicación, en particular los audiovisuales, y de los líderes de opinión también hicieron su parte. Someterse al poder político y económico y seguir sus consignas victimizó a AMLO y lo convirtió en una especie de Atila moderno. Si el Jefe absoluto de los hunos era El Azote de Dios, el Presidente mexicano lo es, desde su perspectiva, del neoliberalismo, de la corrupción y de la impunidad. Consecuencia del sistema, AMLO lo es también de su tenacidad. No engañó a nadie con poses de estadista ni maquillaje mediático. Los debates con Ricardo Anaya y José Antonio Meade los perdió, pero en las urnas ganó
abrumadoramente.

La cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, la imposición de proyectos con perfil de elefantes blancos, como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya han puesto los pelos de punta a las calificadoras de riesgo, a los inversionistas nacionales y extranjeros y a los analistas. El arbitraje solicitado por la CFE para anular cláusulas del contrato de servicios del gasoducto marino Texas-Tuxpan, atizó la hoguera y dio más parque a los críticos del Presidente y de la cuarta transformación. La firma de un nuevo acuerdo conjuró la crisis.

Jorge Suárez Vélez, economista del ITAM y autor de La próxima Gran Caída de la Economía Mundial –Random House 2011– advierte: “Si bien se comprometió con la disciplina fiscal, la pésima asignación de recursos a obras absurdas –Dos Bocas– y la cancelación de proyectos estratégicos (NAIM) provocarán estancamiento económico, reduciendo la recaudación fiscal, dejándonos apenas con suficiente para financiar programas sociales emblemáticos. Si estos logran beneficiar a más de 20 millones de mexicanos, como se intenta, será difícil que otro Presidente más sensato enmiende el rumbo. El populismo acaba con todo. Desafortunadamente, el deterioro es lento. Me niego a pensar que sea irreversible” (Reforma, 15.08.29, Tres Fases del Populismo).

Sin embargo, nada parece quitarle el sueño al Presidente, como se vio en su primer informe. La inseguridad, en lugar de mejorar, empeora; la economía decrece; la lucha contra la corrupción y la impunidad ha sido más ruido que nueces y así seguirá mientras el expresidente Peña Nieto y sus acólitos no sean encausados. Hasta hoy, la legitimidad ha mantenido a flote a AMLO. Su base electoral es bastante amplia y la mayoría de los mexicanos evalúa bien su Gobierno.

Así lo refleja la escritora y periodista Elena Poniatowska, después de un recorrido con el Presidente por Palacio Nacional: “Yo le ratifico que lo admiro, que me parece que va muy bien, que me conmueve su cercanía tan grande con la gente, que no se ha perdido, es la misma que tuvo desde su campaña y que tiene desde hace muchos años, así como el cariño que le profesan a él. No lo he visto –cambiado– desde que lo conozco es el mismo”, (Reforma, 08.08.19).
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