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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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05 Noviembre 2019 04:06:00
Pecados capitales
El ascenso de los Moreira al poder no se explica sin una intrincada maquinaria de complicidades cuyos motores eran aceitados por la avaricia –“forma extrema de la corrupción”, según la define el periodista y sociólogo argentino Mariano Grondona– la soberbia y otros pecados capitales.

En una ciudad conservadora y clasista como Saltillo, un clan sin fortuna ni abolengo no habría podido hacerse con el poder 12 años sin cómplices y sin conocer la naturaleza humana. El moreirato explotó las debilidades de las clases media y alta e identificó a políticos y empresarios tan mediocres como ambiciosos para introducirse en sus círculos y trepar en la escala política y social.

Las pocas voces que advirtieron sobre los riesgos de aceptar gobiernos sin escrúpulos, antes de que Moreira I despachara en el Palacio Rosa, fueron ignoradas.
El docenio envileció la política y agravió a la sociedad. Los partidos de oposición, los organismos patronales y la mayoría de los medios de comunicación se rindieron ante el tintineo del dinero. Prefirieron aplaudir que denunciar, callar que alzar la voz, asociarse con el poder en vez de plantar cara. La humillación cayó sobre todos.

Los Moreira actuaron a ciencia y paciencia de la clase política tradicional y de la oligarquía. La primera fue desplazada y sustituida por quienes antes habían sido sus empleados y operadores electorales; hoy les rinden pleitesía. La segunda, acomodadiza, ha sido exhibida con la extradición de uno de los suyos, Jorge Torres López a Estados Unidos, donde se le acusa de lavado de dinero, asociación delictuosa y fraude (electrónico y bancario). Nieto del fundador de Grupo Industrial Saltillo, Isidro López Zertuche, a Torres lo sedujo el canto de sirena del poder y del dinero.

Reconocido como hombre bueno, Torres se prestó al juego de los Moreira –algunos de sus parientes también lo hicieron, desde distintas trincheras, bajo la lógica de ganar sin correr riesgos– para mejorar su posición y obtener mayor notoriedad en la pasarela de las vanidades. La línea no priista de la estirpe ha tenido dos alcaldes por el PAN, Manuel López Villarreal (1997-1999) y su hermano Isidro (2014-2017). La brecha la abrió su tío Rosendo Villarreal, primer presidente de Saltillo postulado por el mismo partido de derecha.

Los Moreira encumbraron a Torres López para después destruirlo. Mientras ellos, desde su nuevo estatus económico, disfrutan la vida como si tal cosa, después de endeudar subrepticiamente al estado con 38 mil millones de pesos, cuyo destino permanece oculto y protegido por el Sistema Estatal Anticorrupción, y las denuncias penales por la contratación ilegal de créditos y las empresas fantasma duermen el sueño de los justos, su peón vive un infierno. Lo suyo no fue inocencia, sino codicia.

El clan convirtió a Torres en Alcalde y en Gobernador interino (de Humberto). También le entregó las llaves de la Secretaría de Finanzas, donde compartió el mando con Javier Villarreal Hernández. El cerebro financiero de Moreira I, gente anónima comparada con Torres, prefirió entregarse al Gobierno de Estados Unidos, renunciar a millones de dólares y a propiedades adquiridas con recursos del erario para dejar de ser un perseguido.

Pero lo más valioso que proporcionó a los fiscales de Texas fue otra cosa: información sobre la corrupción en el Gobierno de Coahuila. Lo mismo hizo el empresario mediático Rolando González Treviño. Igual lo hará Torres.
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