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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Septiembre 2019 03:50:00
Pejeblindaje
Ramón, 50 años, cabello estilo militar, zigzaguea con su taxi en medio del endiablado tráfico de viernes de la Ciudad de México, rumbo al aeropuerto. Conduce seguro mientras somete al interrogatorio de rigor al pasajero. Después de averiguar procedencia y destino de este, suelta la pregunta a bocajarro: “¿Usted qué opina del Peje?” Así, “El Peje”, no el presidente ni López Obrador.

Tras escuchar la ambigua respuesta del pasajero, carente de interés en iniciar una discusión, Ramón afirma contundente: “Yo estoy de acuerdo con todo lo que hace, menos con la suspensión del aeropuerto de Texcoco”. Seguramente para no parecer antichairo, explica que vive en Ecatepec, una de las zonas más violentas, y la suspensión de la terminal aérea en Texcoco frenó proyectos beneficiosos para ese lugar, como nuevas vías rápidas.

Además, argumenta, el aeropuerto y sus millares de usuarios obligarían a las autoridades a estrechar la vigilancia en el sector, azotado por la delincuencia. Espera, incluso, que El Peje recapacite al respecto: “Con tantos problemas y amparos, un día de estos anunciará que deja en manos de la iniciativa privada la construcción”.

“Pero, ¿lo de las estancias infantiles?”, se atreve a opinar el pasajero. “Eso estuvo muy bien”, asegura categórico Ramón, quien dice conocer a una vecina que se hizo rica “inflando” el número de niños inscritos en su guardería. “Era pura corrupción”.

Ramón y sus puntos de vista explican de alguna manera la razón por la que el presidente Andrés Manuel López Obrador conserva el apoyo del 71% de los mexicanos, según encuesta dada a conocer por una empresa a la cual es imposible tildar de lopezobradorista.

El Peje es un fenómeno. La comentocracia -y me incluyo- esperaba ver desplomarse su astronómico porcentaje de aprobación debido a diferentes causas: aumento de la violencia y exhibición cada vez más ostentosa de las terroríficas prácticas del crimen organizado, estancamiento de la economía, pérdida en el renglón del empleo, debilidad del peso y parálisis de dos de las tres obras magnas anunciadas con bombo y platillos: Santa Lucía y el Tren Maya.

Sin embargo, estos datos duros, capaces de socavar la popularidad de cualquier jefe de gobierno, no le afectan. Y hay millones de ramones en este país a quienes los indudables negativos de la gestión administrativa parecen no importarles. Su cariño y admiración por El Peje se ocupan de construir a su alrededor un blindaje impenetrable.

¿Dónde está el misterio? Posiblemente, una de las razones sea el hartazgo de los mexicanos cultivado a lo largo de varios sexenios significados por la ineptitud, la frivolidad y, sobre todo, la corrupción. Ni sus más virulentos críticos se atreven a dudar de la honestidad de López Obrador, la cual presume un día sí y otro también.

Está, además y sin duda, el carisma. Su capacidad de acercarse y conectar con la gente por medio de lenguaje salpicado de frases populares. Habría que agregar el enfrentamiento clasista con algunos poderosos, a quienes ciudadanos de pocos y medianos recursos culpan de todos los males que aquejan al país.

Contra los políticos carismáticos no hay datos duros capaces de abollarles el blindaje. Hay ejemplos históricos. Sin afán de establecer comparaciones, Antonio López de Santa Anna, considerado el peor mandatario habido en el país, fue llamado 11 veces a ocupar la Presidencia de la República tanto por liberales como por conservadores. El carisma, señores, el carisma.
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