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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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06 Octubre 2019 04:00:00
Pena que no es ajena
Ante la violencia en las calles lo más sencillo es echar un vistazo al escenario, señalar con índice de fuego, pontificar y culpar, para al final retirarnos con la peregrina idea de que nosotros somos mejores que ellos. Proceso estéril que no lleva a nada.

Lo racional sería analizar lo que sucede, generar empatía con los actores, tratar de interpretar esa furia con la que acechan y atacan. Tal vez entonces podremos comenzar a desmadejar el ovillo de la historia actual, con miras a entenderla.

Utilizo la palabra “empatía” no para significar que estoy de acuerdo con la violencia con que actúan, sino para sintonizarme en su misma frecuencia, buscando entender los motivos que llevan a determinado proceder, que acaba perjudicando a otros en forma directa, o mediante lo que eufemísticamente se ha denominado “daño colateral”.

En los extremos de las semana que concluye, la ciudad de México ha sido escenario de dos momentos de violencia callejera, que hablan mal de los mexicanos, en el concierto mundial. Primero fue la llamada “Ola verde” a favor de la despenalización del aborto, y luego la marcha en memoria de la matanza de Tlatelolco. En ambas manifestaciones hubo infiltración de provocadores que se dedicaron a vandalizar edificios públicos y privados, y que atacaron en forma directa a quienes -inermes y sin capacitación alguna- intentaban contener tales actos violentos.

Les han llamado “anarquistas”, y algunos personajes públicos pretenden compararlos con los hermanos Flores Magón. Quienes así se expresan ponen en evidencia su falta de conocimiento sobre historia universal y de México. La palabra “anarquista” es un traje que les queda muy grande a estos vándalos de pacotilla. Dudo mucho, pero mucho mucho, que actúen movidos por ideología alguna. Más bien se comportan como un grupo de niños dentro de una cristalería, que tienen permiso para hacer cuanto destrozo deseen. Nadie los frenará ni tendrán que rendir cuentas, algo así como traviesos a los que además les pagan.

Ahora bien: Es obligación de todos los mexicanos entender qué genera ese cúmulo de ira con la que se les mira actuar. Me hace recordar la técnica terapéutica de “la silla vacía”, en la que, bajo la supervisión del profesional, el participante, de frente a una silla vacía, imagina al personaje de su vida que le genera conflicto. Puede ser el padre, la madre, el cónyuge… Alguien cuya cercanía y forma de proceder causan conflicto en el participante. Este, bajo la conducción del guía, se dirige a la figura que tiene frente a sí, volcando todo lo que no ha podido verbalizar antes, hasta resolver el conflicto. El tono de la voz va subiendo, para generar una catarsis de emociones que finalmente provocarán alivio. Algo similar pareciera ser lo que vuelcan los jóvenes violentos, en contra de íconos que simbolizan aquellos elementos que -ellos sienten- les han dañado.

La idea de los “cinturones de paz” de Claudia Sheinbaum representó una forma de poner a personas no capacitadas, a ejercer funciones que son propias de las fuerzas del orden, exponiéndolas a riesgos que no tienen por qué correr. Ya amenazó con reproducir el modelo en futuras ocasiones, esperemos que no sea así. Es una absurda paradoja tener un país militarizado hasta los dientes, pero con las manos atadas, y en lugar de que actúen las fuerzas del orden, lanzar como carne de cañón a civiles ajenos a dicha función.

En días pasados, por invitación de unos queridos amigos, tuve la oportunidad de asistir a un encuentro de la Comunidad Japonesa en el Noreste del país. Fue un evento interesante, cargado de emoción, con grandes planes a futuro. El conferencista principal, Dr. Shinji Hirai, es un antropólogo social de carrera, oriundo de la nación nipona. Él se ha dado a la tarea de contactar a descendientes de segunda y tercera generación, de japoneses llegados a México durante el siglo pasado, con sus raíces en oriente. Dentro de las maravillas que presentó de su tierra natal, dio un dato que me dejó impactada: Durante el 2018 en todo Japón, hubo un total de 10 crímenes. Esto es, menos de uno al mes, en un país cuya población en el 2018 fue equivalente a la de México para el mismo período de tiempo.

Una terrible realidad es que, con la normalización de la violencia, no nos sorprendería si acá esos mismos 10 crímenes se reportaran en un solo sector de una ciudad, en el curso de un mes. Lo leemos y pronto pasamos a otra cosa más interesante, como sería la herencia de José José, o los cocodrilos de Trump.

Lo que sucede en las calles de la Ciudad de México para nada es “de pena ajena”, sino propia, muy propia. Es una responsabilidad de cada uno de nosotros como mexicanos. ¿O vamos a esperar a que vandalicen nuestro domicilio, para pensar en actuar?

https://contraluzcoah.blogspot.com/
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