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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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31 Diciembre 2018 04:04:00
Personaje del año
Si este periódico fuera como la revista Time y diera a conocer siempre a fines de diciembre al personaje del año, en este 2018 y en México no habría más opción que Andrés Manuel López Obrador.

No solo logró el tabasqueño conquistar la Presidencia de la República en su tercer intento, sino que lo hizo de manera contundente, con 30 millones de sufragios, el mayor número registrado en la historia, y con el 53% de los votos, una porción sin paralelo desde 1982, cuando el PRI controlaba todo el sistema político. Lo hizo, además, en una contienda democrática, con equidad garantizada por esas mismas instituciones que en el pasado mandó al diablo.

No tengo dudas sobre la honestidad personal de Andrés Manuel. Es un político al que no lo inspira el dinero sino una causa, el deseo de construirse un lugar en el panteón de los héroes del país. Su convicción de que encabezará la “cuarta transformación” de México, más que un sueño grandilocuente, es síntoma de su obsesión. “Soy mil veces honesto”, afirmó en el primer debate entre candidatos presidenciales. “Tengo principios, tengo ideales. No soy un ambicioso vulgar. Ser presidente es un medio, no un fin. Busco la transformación del país.”

De esta misma convicción, sin embargo, surgen las acciones de un político dogmático que piensa que solo él puede tener razón. Toda idea diferente, toda disidencia, es señal de corrupción. Nadie puede pensar distinto y ser honesto. Quien se opone a sus designios es por definición corrupto, conservador, reaccionario, neofascista, fifí, mezquino o canalla; forma parte de esa perversa mafia del poder que no tiene llenadera y que solo quiere seguir robando.

Este mensaje maniqueo ha sido aceptado por una porción muy importante de la población mexicana. Desplantes como viajar en vuelos comerciales o convertir Los Pinos en un museo han fortalecido su imagen de héroe justiciero enfrentado a una caterva de villanos. Sus posiciones, aun las más absurdas, como cancelar la construcción de un aeropuerto 30% terminado y 70% financiado, se convierten en dogma de fe para sus seguidores.

Como gobernante, López Obrador está recurriendo a una estrategia muy sencilla y muy eficaz que gobernantes desde la Roma republicana han usado para conquistar y mantenerse en el poder: usar los recursos públicos para comprar la lealtad de los pobres. Los subsidios a las personas de la tercera edad, las becas a los jóvenes, el internet gratuito o las universidades con acceso universal son programas que compran fácilmente la popularidad, sobre todo cuando se identifican con un político en particular. Hace poco una mujer de la tercera edad, con dificultades de la vista, me pidió la ayudara a llenar un formato de ingreso al Inapam; cuando le pregunté qué programas sociales recibía me respondió que “el de López Obrador” y “el de Sedesol”. El programa de apoyo a los ancianos en la Ciudad de México sigue siendo, 15 años después, el de López Obrador; el federal, en cambio, no tiene apellido.

Es poco probable que la transformación del país, ya sea la cuarta o la undécima, se logre con un simple aumento en los programas sociales. La caridad no construye países más prósperos. Esto sólo puede lograrse a través de la inversión y de un aumento de la productividad. Pero Andrés Manuel no quiere atravesar un camino largo y azaroso. Busca una fórmula mágica que lo coloque con certeza en el pedestal de los héroes de la patria.

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