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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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21 Octubre 2018 04:00:00
Pitágoras tenía razón
En nuestro país la delincuencia ha rebasado todo lo imaginable: La narrativa de Usigli o de Bernal se quedan cortas con relación a los acontecimientos que estamos viviendo hoy en día. Un caso espeluznante, el de los feminicidios que ocurren en la Megalópolis, particularmente el estado de México y Puebla, y muy en particular en contra de jovencitas embarazadas a las que llevan con engaños para asesinarlas y robar al nonato de su vientre. Las crónicas recuerdan al famoso tabloide “Alarma”, extinto hace años, pero esta vez distribuidas mediante redes sociales.

La pregunta que me ha dado vueltas esta semana es la siguiente: ¿Suceden hechos así de bizarros por huecos en la legislación, por fallas en la aplicación de la ley, o porque existe una causa subyacente? Lo que equivale a preguntar si la ausencia de leyes genera criminales que llegan a alcanzar estos grados de abyecta perversidad.

El entramado mental que llevo a cabo semanalmente, y que desemboca en una colaboración periodística, es un ejercicio en solitario. Algún evento ocurrido en el curso de la semana despierta esa cascada de preguntas en busca de respuesta, exploración que suelo emprender sola. En esta ocasión tuve oportunidad de compartir dicho proceso con mi hijo, quien ha venido de visita.

Revisábamos juntos si es posible que a un individuo que ha tenido una formación familiar sólida, el medio ambiente llegue a cambiarlo de manera extrema. Ambos coincidimos en que no es congruente que un adulto proveniente de una familia integrada, que contó con oportunidades de educación, sea el autor de conductas al extremo inaceptables.

De esta manera no estamos hablando de no hacer el mal por miedo al castigo, sino de no hacer el mal por un elemental sentido de ética, parte de la formación individual de una persona. Lo resumió mi hijo de un modo muy sencillo: A esos delincuentes siendo niños no les enseñaron a obrar mal, simplemente no les enseñaron que había que obrar bien, amén de las circunstancias.

En la educación de los menores, si fallamos en indicarle al niño de un modo claro qué es lo que no debe de hacer, o no lo sensibilizamos sobre las consecuencias últimas de sus actos… Si lo dejamos actuar a libre voluntad, o partimos del criterio cómodo de “qué tanto es tantito”… Si justificamos su mal obrar calificándolo como “cosas de niños”… Si lo alentamos a exigir sus derechos, pero nunca lo instruimos a asumir sus responsabilidades, enseñándole que todo derecho tiene como contraparte una obligación… Entonces estamos ante un proyecto de adulto que va a actuar tomando en cuenta su interés, antes que el bien común; un ser humano carente de contención, que se dejará llevar por lo primero que le viene a la mente, sin que medie juicio crítico alguno.

De alguna manera esos niños poco orientados llegan a ser adultos necesitados de poder. Harán todo lo posible por defender lo que consideran sus derechos, aún a costa de atropellar los de los demás. En gran medida esta actitud da pie a corruptelas de las cuales nuestro país –por desgracia—es campeón.

Un ejemplo que de entrada pareciera no tener relación con lo que ocurre en México, acaba de suceder hace una semana en la Península Ibérica,
específicamente en la población de Mejorada del Campo, donde la cría de toros de lidia es importante. En un encierro tradicional un toro asustado intentó saltar una valla, durante lo cual se fracturó ambas patas traseras, y de ese modo herido tuvo que continuar corriendo, perseguido por la turba. No consigo asimilar cómo los seres humanos no midieron el dolor y la angustia del animal, y lejos de darle una tregua lo acosaron hasta verlo morir. ¿Es esta la clase de diversión que el ser humano necesita para sentirse vivo? ¿Son los mugidos de dolor del animal los sonidos que estimulan su sensación de poder?...

La conciencia crítica se define como un sentimiento interior por el cual el ser humano es capaz de precisar su propio valor y de reconocerlo en los demás. El desarrollo de dicha conciencia es parte del proceso educativo desde la primera infancia, lo que permite a la persona adquirir una noción real de sí mismo y de los demás, en el debido contexto, concediendo un valor equivalente a la propia persona como a los otros. A falta de una conciencia crítica actuamos de manera asimétrica, concediendo un mayor valor a lo propio frente a lo ajeno, y de este modo se generan muy diversos problemas sociales que –por desgracia—ante un sistema carente de los mecanismos adecuados para poner orden, llegan a alcanzar niveles terribles de violencia.

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”: ¡Sabias palabras de Pitágoras, con absoluta
vigencia!

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