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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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30 Julio 2009 03:41:04
Pobreza eterna
El Universal ha dedicado varios días a reportar lo ocurrido con Procampo a 15 años de su inicio. La amplia información, sin embargo, requiere un poco de análisis que puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurre no sólo con ese programa, sino con todo lo relacionado con el campo en México

A diferencia de lo que uno creería, la Secretaría de Agricultura (y etcétera) no está hecha para que el campo produzca más, sino para administrar la pobreza rural.

Si usted revisa las funciones que tiene esta Secretaría en la Ley Orgánica de la Administración Pública no podrá menos que coincidir conmigo. Ninguna mención a producir más o mejor, ni a garantizar el abasto de alimentos (ésa es función de la Secretaría de Economía, aunque Agricultura colabora). Es más bien una especie de secretaría de desarrollo social rural, que lo que ha hecho es mantener en la pobreza a millones de mexicanos durante décadas.

EL UNIVERSAL ha hecho hincapié en la pésima distribución del Procampo, que acaba en manos de quienes más hectáreas tienen. Bueno, pues así fue diseñado desde el principio, y así funciona. No es que se haya distorsionado con el tiempo, ni que lo hayan utilizado los funcionarios de hoy o ayer para beneficiar a sus amigos, como dice el PRD. No, es un programa hecho, desde e l principio, para eso. En el inicio, se daba un dinero por hectárea sembrada de maíz, trigo, frijol y algunos otros granos. Después, a cambio de que estuviera sembrada de algo. Más tarde, a cambio de que hubiese estado sembrada alguna vez. El caso es que se trata de dar dinero a quien tiene tierra.

Esto puede sonar bien, pero está mal. Al darle un dinero a un campesino que tiene una hectárea, o menos, lo que estamos haciendo es encadenarlo a un pedazo de terreno que nunca le permitirá vivir, ya no digamos bien, sino simplemente sobrevivir. De esta manera, lo que logra este programa, como todos los demás que tenemos para el campo, es mantener a los que viven en él en la situación previa: si eran pobres, lo seguirán siendo. Si no lo eran, seguirán como estaban. Los grandes ranchos, las extensiones con riego, los sembradíos empresariales, siguen siendo exitosos; los miserables siguen siendo miserables. Y todo eso nos cuesta a los demás.

Hace bien EL UNIVERSAL al divulgar esta información, ya muy conocida por los que se dedican a esto. Ya tiene años que John Scott, investigador del CIDE, demostró con toda claridad que los programas sociales en México, en su inmensa mayoría, no sólo no reducen la pobreza, sino que la profundizan. Eso pasa con todos, todos, todos los programas para el campo, con la mayor parte de los subsidios a la educación (notoriamente con la educación superior pública, que amplía la pobreza, no la reduce), con los sistemas de pensiones (en esta última encuesta de ingreso gasto de INEGI, la razón por la cual se amplía la desigualdad es precisamente por las pensiones).

Los programas que sí atacan la pobreza son Progresa-Oportunidades-Vivir mejor, los subsidios a educación básica (aunque la educación, ya lo hemos visto, no sirve), y alguna otra cosita por ahí. La inmensa mayoría del dinero que supuestamente usamos en México para ayudar a los pobres no los ayuda a ellos, sino a los demás. Como lo hemos dicho en otras ocasiones: ayudan a los organizados: universidades públicas, sindicatos, centrales campesinas, empresarios.

México se construyó como Estado posrevolucionario para extraernos riqueza a quienes no estamos organizados y entregársela a quienes sí lo estaban y sostenían a ese Estado. No hay que darle vueltas al asunto. Pero parece imposible aceptar una verdad como ésta, del tamaño del monumento a la Revolución, para que no me acuse de procatólico si digo que es del tamaño de una catedral. El régimen de la Revolución construyó un país desigual desde el principio. No sabemos si más o menos desigual que el anterior, porque no tenemos suficiente información para saberlo, pero sí es totalmente claro que la Revolución nunca tuvo, en los hechos, intención alguna de mejorar la situación de los menos favorecidos. Por el contrario, les extrajo recursos (cuando se podía, en impuestos; cuando no, en especie).

Por eso, a 100 años del inicio de la Revolución, este país sigue siendo esencialmente igual al que era, es decir, similar a los demás países latinoamericanos: estancado, con pésima distribución de la riqueza y el ingreso, con millones en pobreza. No hablamos de poco tiempo: es un siglo entero. Muchos países lograron transformarse por completo en menos de la mitad de ese tiempo. Nosotros, los latinoamericanos, no podemos.

Y la explicación es muy sencilla: no podemos cambiar porque no nos damos cuenta de que tenemos que hacerlo. Peor aún, cualquier intento de cambio nos parece despreciable. Queremos seguir con lo mismo, creyendo que ese camino nos lleva a una mejor situación, cuando la evidencia indica lo contrario. Y no poca evidencia.

Sobrarán los que digan que Procampo no funciona porque los neoliberales, y los despreciables panistas, lo crearon o distorsionaron para ello. Bueno, pues que nos digan esos mismos personajes qué programa rural sirvió, en el transcurso del siglo XX, para reducir la pobreza. La misma Reforma Agraria, con mayúsculas, como corresponde, no sacó de la pobreza a nadie. Pero dirán que fue porque los gobiernos posteriores a San Lázaro la interrumpieron, porque nunca hubo financiamiento, por lo que usted guste y mande. No funcionó porque se pensó mal: el general creía que era muy fácil trasladar la propiedad privada de un hacendado a propiedad común. No se le puede culpar, en los años 30 millones de personas creían que las cooperativas eran cosa sencilla de organizar. No lo son: los humanos no cooperamos fácilmente. En esta serie que hemos iniciado acerca de los obstáculos al desarrollo, los subsidios al campo, y en general las transferencias que buscan reducir la pobreza, son uno de los obstáculos mayores. Se trata de dinero que se extrae a quienes producen para entregárselo a quienes no lo hacen. ¿Cómo es que esto podría generar riqueza? Sólo la fe puede explicarlo.

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