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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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22 Diciembre 2018 04:06:00
Por dónde empieza el cambio
La forma en que percibimos el mundo, individual o colectivamente, es nuestra realidad, ya sea que tengamos conciencia sobre nuestras percepciones, o que simplemente nos quedemos con lo que nos han dicho y hecho creer siempre. En el primer caso, estaremos en control de nuestra vida, en el segundo seremos marionetas.

De la percepción parte el sistema de creencias y de éste depende la calidad de vida. Quien perciba el mundo como algo amenazante estará asustado y actuará en consecuencia: envidiará, odiará, agredirá e incitará a la agresión, mentirá, maltratará, se excederá, traicionará y pasará sobre los demás egoístamente, así predique justicia y amor, que para eso existen lo que se llama autoengaño y simulación.

Así pues, cómo decía el físico austriaco Fritjof Capra, experto en teoría de sistemas, refiriéndose a la percepción: “cuando cambias la forma de ver las cosas, la forma de las cosas cambia”. Esto puede no ser un misterio para nadie en la era de la ciencia espiritualizada o de la espiritualidad “cientifizada”, pero le aseguro que el verdadero significado de la percepción, y cómo opera, sí lo es, porque en general los seres humanos damos por hecho que sabemos muchas cosas en las que estamos equivocados, las convertimos en nuestras verdades y, por ego y miedo, las defendemos férreamente, con lo que nos alejamos de la posibilidad de reconocer el error y, obvio, corregirlo.

Entre los significados erróneos más extendidos de percepción están los que la equiparan con una creencia y/o una opinión, es decir, con un concepto elaborado de las cosas que podemos compartir con otros y externar en privado o en público.

Pero la percepción es previa y primigenia en el proceso de pensamiento, aunque con una observación aguda puede ser descubierta en la base de una creencia y/o una opinión, una actitud, una conducta, una emoción.

Es tan importante en nuestra vida, que de la calidad de la percepción dependen la alegría, la seguridad, el amor, o todo lo contrario. Si queremos cambiar nuestras vidas para mejorarlas o solo para dejar de pasarla mal, tenemos que comenzar por la forma en que percibimos las cosas, pero antes, indispensablemente, por nuestro entendimiento de lo que es la percepción, que no es otra cosa que la famosísima primera impresión. Así de fácil.

La primera impresión que tenemos sobre algo siempre involucra, sucesivamente, una sensación corporal, en no pocas ocasiones una reacción emocional, una clasificación mental espontánea y un pensamiento inicial inadvertido –digamos que una conclusión primaria–, en ese orden. A partir de este proceso es que formamos nuestras creencias, opiniones y formas de sentir. Y pues bueno, nuestras vidas pueden convertirse en un desastre si no nos damos cuenta de que una percepción negativa determinará toda nuestra visión, actitud, comportamiento y forma de sentir.

La clave de todo este asunto, es que la primera impresión negativa no depende en realidad de las circunstancias, sino de cómo las interpretamos, y nuestra interpretación está determinada a su vez por lo que creemos y sentimos acerca de las cosas. Es decir, percepción y creencias se retroalimentan, pero también pueden ser opuestas, de ahí que entremos en conflicto en algunos aspectos de nuestras vidas.

Indicadores de ese conflicto son la culpa y la vergüenza tóxicas. Por ejemplo, la culpa por comer puede deberse a que nos percibimos gordos, lo cual, además, nos hará sentir avergonzados, aunque nuestro peso sea normal, y dicha percepción, a su vez, deriva del concepto general sobre la belleza física.

La forma en que uno se percibe a sí mismo es el fundamento de la autoestima.

La buena noticia es que la forma en que percibimos puede ser cambiada. Sólo hay que tener conciencia de ella, para mantener un diálogo. Ninguna percepción errónea soporta la prueba de la buena lógica ni la mirada del perdón y el amor.
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