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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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12 Enero 2020 02:59:00
¿Por qué?
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Parecía una mañana cualquiera, excepto por la frialdad con que Dylan se despidió de su madre. “Era un tono plano, de-

sagradable”, recordaría ella después. El muchacho salió de prisa. Debía asistir a una clase de boliche.
Al entrar a la adolescencia le cambió el carácter. Antes, el niño amable, obediente y trabajador que era, se volvió introvertido, hosco, descuidado en lo que se refiere a su aspecto y desordenado en sus horarios. Nada que no fuera imputable a los cambios producidos en la adolescencia.
Dylan salió de su casa. Un hogar normal, donde había recibido cariño y cuidados de su madre que administraba un centro universitario, y de su padre, ingeniero geofísico a quien le diagnosticaron fiebre reumática, lo cual disminuyó su capacidad de trabajo. El chico y su hermano mayor nacieron y crecieron en un hogar estable de clase media, donde nada sobraba, pero nada faltaba. Un hogar como hay decenas de miles

en Estados Unidos.
Aquel 20 de abril de 1999, después de despedirse de su madre, Dylan no asistió, como estaba planeado, a la clase de boliche. Fue a reunirse con su amigo Eric Harris, hijo de un exmilitar. Poco después, los dos muchachos iniciaron un tiroteo en la escuela. Después de matar a 12 alumnos y a un profesor, se suicidaron.
Aquella aberrante e impredecible conducta pasó a la historia de Estados Unidos como “la Masacre de Columbine”, la cual, por desgracia, ha servido de inspiración a otros chicos, muchos de ellos miembros de familias normales, cuyas madres los mandaban a la escuela con el clásico emparedado de mantequilla de cacahuate y mermelada, y en sus cumpleaños apagaban velas en un pastel la más de las veces horneado en casa.
Sue Klebold, madre de Dylan, todavía no acaba de entender qué sucedió. Cómo un niño casi modelo, se convirtió en lo que la revista Time calificó de “monstruo”. ¿Dónde adquirió ese odio contra todos, ese racismo demencial y esa tendencia suicida?
La señora Klebold intenta explicarse el horror de aquel 20 de abril en su libro A Mother’s Reckoning (El Juicio de una Madre). Y la única explicación de lo sucedido que ella encuentra es que su hijo, sin haberse percatado nadie, padecía un grave trastorno mental.
Hoy, estremecidos ante la tragedia, los coahuilenses vivimos una réplica de la masacre de Columbine en el Colegio Cervantes de Torreón. El autor del tiroteo, un niño de 11 años, copiando el atuendo de Eric Harris y su camiseta con la leyenda “Natural Selection” –nombre también de un videojuego extremadamente violento– salió del baño con dos pistolas y disparó contra su maestra, que cayó muerta e hirió a varios alumnos y a un profesor. Luego, al igual que Eric y Dylan, colocó el cañón de una de las pistolas en su cabeza

y se mató.
Podemos intentar explicarnos el hecho hablando de la falta de la madre, quien había muerto, o la ausencia del padre. También es válido culpar a los videojuegos violentos o al clima de violencia que envuelve al país. Es válido. Como lo es también la teoría de la señora Klebold.
Imposible descartar cualquier hipótesis, pero después de la tragedia es pertinente preguntarnos cómo es posible que un alumno de sexto año de primaria pueda introducir dos pistolas a su escuela. Esto sí es evitable con la coordinación de las autoridades educativas, que ya habían propuesto medidas anteriormente, los profesores y los padres de familia.
Nota: The Guardian hizo una larga entrevista a la señora Klebold en la que habla de los puntos fundamentales de su libro.

Disponible en YouTube.


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