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Germán Martínez Cázares
Germán Martínez Cázares
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24 Junio 2013 03:00:43
Privatizar Pemex, ¿por qué no?
La derrota de una reforma a Pemex empieza por rendir y silenciar a las palabras que la definen. No es modernizar, no es fortalecer, no es ampliar su productividad, no es eficientar, ni mejorar su competitividad; no, no es ninguno de esos eufemismos; la reforma a Pemex, la que el país necesita, es privatizar una o varias actividades que hoy realiza el Estado; es decir, permitir que manos privadas hagan lo que la Constitución autoriza hacer, sólo y exclusivamente al sector público.

Los anteriores intentos de reformar la Carta Magna mexicana en materia de hidrocarburos encallaron justamente por no resguardar esa palabra: “pri-va-ti-za-ción”, expresión que la demagogia y el facilismo de la izquierda mexicana han conseguido ligar con “regalo” o “robo” del petróleo. Pero también esa voz no ha sido protegida por quienes, ahora, sostienen la utilidad pública de la inversión privada en Pemex (PRI); o peor, por quienes se espera de ellos, defiendan la propiedad privada (PAN).

Las batallas políticas son más sencillas de ganar, cuando antes se ha triunfado en la batalla cultural, por eso no se pueden “regalar” a los adversarios ni las palabras definitorias de la reforma, ni tampoco las interpretaciones históricas.

El trámite legislativo para permitir la entrada de capital privado en Pemex cabalgará contra el mito histórico de la “nacionalización petrolera” de 1938. El PRI pagará con sangre, sudor y lágrimas, haber elevado durante medio siglo a los altares al presidente Lázaro Cárdenas, arquetipo, tótem, paradigma, ejemplo y modelo del político mexicano. Ese “Presidente ejemplar”, “padre bueno”, “nacionalista inmaculado”, “encarnación del bien nacional”, y las miles de plazas y calles que llevan su nombre en todo el país, los textos escolares acríticos con su mandato, jugarán contra un Pemex libre y fuerte en el mercado. Por su parte el PAN, arrastrará la vergüenza de asociarse en las coaliciones electorales con el PRD, portavoz fiel de la ilusoria ecuación: Pemex nacionalizado igual a país soberano.

La reforma a Pemex es gigantesca; es derrumbar esas estatuas abstractas de Lázaro Cárdenas que todavía tienen algunos mexicanos en sus cabezas (como vimos rodar las de Lenin después la era soviética). Semejante hazaña no merece rodeos retóricos para señalar abiertamente el fin de la reforma y admitir sin simulaciones que a Pemex le urge para mantener la riqueza nacional energética, el dinero privado.

Hoy, impedir a inversionistas privados ayudar a Pemex a explotar nuestro petróleo equivale a amenazar literalmente la soberanía; es decir, sin recursos de la iniciativa privada, la capacidad de disfrute de las riquezas naturales del país será menor.

No es un pecado defender la propiedad. Privatizar no es entregar gratuitamente, ni ofrendar sin costos ni gravámenes al capital privado la exploración, producción o refinación del petróleo; o abrir la oportunidad a explotar las reservas de roca lutita (shale gas).

La propiedad es condición de prosperidad y elemento de responsabilidad en un mundo de riesgos y competencia. Propiedad, por tanto, equivale a independencia, quienes no quieren a Pemex privatizado en alguna de sus áreas, no lo entienden emancipado de la tutela burocrática-gubernamental que lo asfixia, y según muchos expertos, es ineficiente para aprovechar correctamente ese patrimonio nacional.

Los bramidos antirreformadores de López Obrador ya se escucharon. Buscará resucitar y construir otra candidatura presidencial sobre las ruinas de Pemex. Acosará con la “maldita” palabra, “privatización”, a la reforma, pero sin dar un dato, una cifra, una experiencia internacional que valide sus quimeras.

El presidente Peña se juega su sexenio en esta carta. Un “pemexazo” donde naufrague la reforma, convertirá a su gobierno en caricatura. Empezó errático porque no era el tiempo (no hay iniciativa, ni el Congreso está sesionado), ni era el lugar (¿Londres?) para abrir el debate. Pero no valen los pretextos, el país no puede estar sometido la mentira de que privatizar es saquear. Privatizar es progresar desde la libertad.
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