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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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04 Abril 2019 03:35:00
¿Qué hacemos, señor?
La carta del presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España solicitándole se disculpe públicamente por las atrocidades cometidas durante la conquista y la colonia contra los que él llama pueblos originarios, tiene muchas aristas.

Todas ellas punzantes y molestas. Una de estas debe causarnos escozor a nosotros los coahuilenses, porque es preciso preguntar con todo respeto al Presidente, quien siempre dice las cosas con todo respeto: ¿Qué hacemos, señor, con los descendientes de los tlaxcaltecas venidos en el siglo 16 a territorio del hoy estado de Coahuila a reforzar las debiluchas fundaciones “españolas”? (Eso de españolas es un decir, porque en ellas vivía gran cantidad de criollos, mestizos y mulatos).

La enérgica condena a los indudables excesos perpetrados por los conquistadores incluye necesariamente al pueblo de Tlaxcala, aliado del manojo de soldados de Hernán Cortés en el asedio y la toma de la Gran Tenochtitlan.

Los tlaxcaltecas, ya se sabe, estaban hasta la madre –con perdón sea dicho– de los abusos de los aztecas, que además de cobrarles tributos, a cada rato se les ocurría organizar incursiones militares para capturar prisioneros destinados a ser sacrificados en honor de sus dioses.

Esa alianza vuelve a los hijos de Tlaxcala socios de la conquista y, por lo tanto, corresponsables de las salvajadas cometidas por los conquistadores, entonces y los tres siglos siguientes. ¿Qué hacemos, señor Presidente? Históricamente, quienes vivimos en Saltillo, Monclova, Parras, Candela, San Buenaventura y otras poblaciones coahuilenses nos sentimos en deuda con los tlaxcaltecas. Ellos no solo afianzaron las fundaciones amenazadas por los indios comarcanos, también fueron ejemplo de laboriosidad muy alabada por fray Juan Agustín de Morfi, quien estuvo en Saltillo allá por 1777. Los tlaxcaltecas, informa el franciscano, surtían a la villa “española” de Saltillo de verdura, leche y frutas.

Si hablamos de la hoy capital del estado, aquí construyeron el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, sembraron huertos, introdujeron telares, tatarabuelos del sarape, y plantaron magueyes.

Entonces, ¿debemos dejar de disfrutar del pan de pulque, señor Presidente?, pues si a la senadora Jesusa Rodríguez le parece que comerse un taco de carnitas es tanto como celebrar la caída de la Gran Tenochtitlan, al hermanar en tan sabroso maridaje el maíz nativo y el puerco traído por los peninsulares, ¿qué pensará de la combinación de las aportaciones culinarias de dos condenables autores de la conquista, el trigo hispano y el pulque tlaxcalteca?

De verdad nos metió usted en un lío. Grandes profesores, músicos y escritores de origen tlaxcalteca han dado lustre a la docencia y las artes de Coahuila. ¿Debemos exigir disculpas a sus hijos, nietos o bisnietos, señor Presidente, y luego tiramos la estatua de la Plaza de la Nueva Tlaxcala?

Letras sueltas

En 1989, al cumplirse el bicentenario de la Revolución Francesa, estuvo en Saltillo el embajador de ese país. Por aquellos días Francia y Alemania habían firmado un acuerdo. Extrañado, pregunté al diplomático cómo era posible que su país, tan golpeado por los alemanes, hiciera eso.

Su respuesta fue muy sabia: “Mire usted”, dijo, “cuando manejamos nuestro auto, los franceses echamos solo de vez en cuando un vistazo al espejo retrovisor, porque lo que nos preocupa es conducir bien, ver hacia adelante y saber hacia dónde y cómo vamos”.
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