×
Isabel Arvide
Isabel Arvide
ver +
Periodista, ha colaborado en los principales medios nacionales desde 1976. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1984, primera mujer en obtenerlo por opinión. Es conocida por sus comentarios políticos críticos, ha publicado novela, poesía erótica, crónica y entrevistas. Entre sus libros destacan, con más de diez ediciones vendidas, "La Decisión Presidencial" y "Asunto de Familia", ambos analizando la corrupta relación entre Manuel Camacho, Carlos Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio. En "La Guerra de los Espejos" narra el conflicto armado de Chiapas desde la visión de los cuarteles militares, editorial Océano, noviembre de 1998. Por el mismo sello editorial publicó, en 1999, "La Sucesión Milenaria" analizando el proceso electoral que llevaría a la derrota del PRI. Fue la efímera directora del diario Summa, de la empresa Televisa, hasta el primer día de diciembre de 1994, de donde salió por el encabezado: "Decepcionó el Gabinete". Hasta junio del 2000 escribió una columna política diaria para Ovaciones. A partir de esa fecha colabora en el diario Milenio, así como en el semanario del mismo nombre. Su columna diaria se publica en 15 periódicos de provincia. Visite www.isabelarvide.com

" Comentar Imprimir
11 Noviembre 2008 05:00:44
Quedan las preguntas sin responder
En el espacio solo, terriblemente solo, de la funeraria militar, la indignación se había convertido en lugar común, tanto como las lágrimas.

A José Luis Santiago Vasconcelos lo habían ido dejando solo. Todos, las mujeres incluyendo su prometida y los demás. Había finalizado la jornada sin que el presidente Calderón hubiese enviado su pésame, lejos de su palabra. Apenas los amigos, los compañeros, los hombres del uniforme.
Un jefe militar aseguró que el error había sido en el parte de guerra presidencial.

Lo corroboré al día siguiente. Otra vez de cara a la soledad del féretro, único en metal, más barato, frente a la discusión del nicho sin pagar, de cara a la lista de ausencias, después del gran vacío oficial en el Campo Marte. Es decir, de regreso de un “homenaje” donde el Primer Mandatario no tuvo espacio para abrazar a su hijo cuando le entregó la bandera que cubrió su ataúd.

Ana Lilia, la que permaneció viuda llorosa al pie del cadáver de su jefe, afirmó que habían sido tratados como mexicanos de segunda, hasta en la colocación oficial. Lo cierto es que en su muerte Vasconcelos había sido catalogado por el adolorido Felipe Calderón como de “ínfima”. Sin valor alguno.
Equivocó el parte de guerra volví a confirmar.

Porque lo que hizo Calderón fue enviar un mensaje nefasto en esta guerra contra el crimen organizado. Donde todos los interesados, los protagonistas, los que arriesgan su vida cada día, escucharon que su hacer no vale nada frente a las razones de la política, tal menos confrontado con el afecto en el mando superior.

José Luis Santiago Vasconcelos pasó 15 años de su vida combatiendo, día y noche, a criminales. Sin pagos extras, sin vacaciones, encabezando personalmente los operativos. Recibió innumerables amenazas por ello. Transformó su rutina hasta que su matrimonio fue insostenible. Entregó todo su esfuerzo, su talento, su valor, a la causa de México, de la justicia.

Él decía tener miedo, pero actuó como si no existiese el peligro. Y terminó tan pobre que en su velorio se fueron sumando testimonios del despojo, las historias del préstamo en el ISSSTE, de su llegada a una casa sin muebles por el desalojo del procurador Medina Mora, de los apoyos económicos de sus amigos mientras podía cobrar su primera quincena en Gobernación, de las tarjetas de crédito sin pagar.

A eso se suman las historias de la escolta que le fue retirada, de todo lo inexplicable del día de la tragedia, de cómo viajó solo en ese avión, de la presencia de tantos elementos de la PGR y de la SSP federal, ambas bajo sospecha por el hallazgo de las redes de corrupción en días pasados, en el aeropuerto de San Luis Potosí.

Lo importante es que para un hombre honesto, empobrecido, que persiguió y consiguió detener a jefes del crimen organizado poderosos en exceso, no hubo una palabra de honor. O para ser exactos, existieron 79 palabras en el discurso presidencial, comparadas con 1,206 para el secretario Mouriño.
Solamente que estos nuevos políticos, a los que se refirió Felipe Calderón, no salen todos los días a rifarse la vida por unos cuantos pesos que no van a alcanzar siquiera a pagar una caja, un ataúd pues, de calidad.

Y no se diga si la comparación se hace con el sepelio, honores inmensos, a un jefe policiaco como Édgar Millán, para muchos uno de los responsables de la corrupción oficial en la SSP.

¿Cómo va el presidente Calderón a pedirles entrega, capacidad, honestidad, si saben que al final no tendrá tiempo para abrazar a sus hijos siquiera?... A eso, agréguese, la certidumbre de que no fue un accidente…
http://www.isabelarvide.com
Imprimir
COMENTARIOS



0 1 2 3 4 5