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Querida Ana
Querida Ana
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14 Mayo 2019 03:30:00
Querido no te olvidamos
Le contaré una muy triste historia, que puede servir a usted y a sus lectores. Nunca está de más darnos cuenta de los riesgos que podemos correr tanto adultos como jóvenes, cuando menos lo imaginamos y por una causa jamás imaginada. Esto sucedió hace dos años, donde entonces vivíamos mi familia y yo. Desde entonces casi no he querido hablar de la tragedia, pero mi esposa me convenció de que lo escribiera para usted, porque como digo, puede servir a quien lea esta historia y también porque puede servirme para hacer algo como una curación –le dicen catarsis, creo–, y si decide publicarla, puede ser una advertencia para quienes tienen armas en sus casas. Esta es la historia.

Nuestra hija de 16 años murió hace dos años de un disparo de pistola que le hizo un vecino de una amiga de mi hija, a quien había conocido un año antes, cuando ese jovencito había llegado a la ciudad procedente de Estados Unidos. Mi hija era una niña estudiosa y excelente estudiante, amigable, atenta, disciplinada y muy apreciada por sus amigas, compañeras y maestros. Le dimos permiso de ir a dormir el sábado a casa de su amiga y el domingo, temprano, fueron a caminar por un parque muy grande que hay cerca de la casa de su amiga. Las acompañó el joven que le menciono arriba y anduvieron por ahí un rato. Luego el joven les dijo que si querían ir a casa de su abuelo para conocerlo y que vivía cerca. Ellas aceptaron y cuando llegaron, les dijo el jardinero que el señor había salido, pero como conocían al muchacho, le permitieron entrar a la casa.

El muchacho se dirigió con ellas al despacho de su abuelo, pues dijo que el señor siempre tiene barras de chocolate para darles a todos los nietos. Abrió el cajón de un mueble y allí estaban los chocolates, pero también una pistola. El joven les dijo que él sabía cargar y descargar una pistola, que su abuelo le había enseñado. Después de descargarla, volvió a cargarla, abrió la ventana del despacho y disparó al aire. Mi hija le dijo que dejara eso en su lugar porque alguien podría salir lastimado. El joven, jugando, le dijo: “¿Sí, como quién?” y le apuntó a ella. ¡La pistola se disparó y mi hija murió instantáneamente!

Este relato nos lo hizo ese mismo día la amiga de mi hija y el joven lo hizo a las autoridades, acompañado de su abogado. No quiero dar más detalles porque a partir de ese momento todo fue un caos en nuestras vidas y en la vida de ese muchacho. Tampoco quiero decirle dónde vivíamos entonces, porque no pudimos seguir viviendo en la misma casa ni en la misma ciudad. Mi esposa y yo sentimos algo de culpa. Enseñamos a nuestra hija cómo no hacer caso o correr y gritar si se le acercaba un desconocido. Qué hacer si alguien se le acercaba para ofrecerle alcohol o drogas, pero nunca le dijimos lo peligrosas que son las armas, pistolas, escopetas, rifles o cuchillos y qué hacer en un caso así, pues muchas personas han muerto accidentalmente con esas armas.

Termino reproduciendo la declaración que hizo mi esposa cuando comparecimos ante las autoridades. Ella dijo: “La gente dice que el parto es el peor tipo de dolor que una mujer puede sufrir. Bueno, debo decir que están equivocados. Perder un hijo es un millón de veces más doloroso”. Esa es la historia Ana.
NO TE OLVIDAMOS


QUERIDO NO TE OLVIDAMOS:
Mi simpatía y mi afecto para usted y su esposa. Imposible decirles que sé cómo se sienten. Nadie que no ha sufrido el dolor de perder un hijo, puede saber su dolor. Ninguna culpa debe agobiarlos, ¿quién puede imaginar algo como lo que sucedió? Y aún ahora, no sabrían qué aconsejar a su hija. Espero que ese dolor que aún sufren, un día pueda ser menos grande y que esa historia que nos ha relatado, haga una diferencia en la vida de alguien que lea esta columna. Por favor, quienes tengan armas en su casa, guárdenlas bajo llave en un lugar seguro.

ANA
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