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Querida Ana
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14 Febrero 2019 03:41:00
Queridos lectores
He pensado siempre, y más en esta etapa de mi vida, que una de las cosas que más equilibran a los hombres y mujeres es el amor. ¿Cuál es la fórmula para tener el amor de los demás? ¿Cuál es la fórmula para alcanzar la felicidad? Si queremos felicidad, demos felicidad a los demás. Si queremos amor, debemos aprender a amar a los demás. No seamos indiferentes ante el amor, ante las atenciones y la búsqueda de amor de nuestro prójimo. Lo opuesto del amor no es el odio, sino la indiferencia. Lo opuesto de la vida no es la muerte, sino la indiferencia. El amor es la llave maestra que abre las puertas de la felicidad. Amar es propio del ser humano. Cuántas veces amamos con un amor inmenso como el océano, que todo lo abarca. Vayamos sin temor, hay que lanzarse a las mareas de la vida con el corazón abierto y la naturaleza propia hará el resto. Dijo Lord Byron: “Mejor es haber amado y perdido que nunca haber amado”.

Mis queridos amigos lectores, les obsequio hoy un cuentecito anónimo que una vez leí en un pequeño librito y que se me quedó grabado en el recuerdo. No me acuerdo del título pero le titularé

EL QUE CREÍA TENER EL CORAZÓN PERFECTO

Un día un hombre joven se situó en el centro del pueblo donde vivía y gritó que poseía el corazón más hermoso de la comarca. Pronto todos los vecinos lo rodeaban admirándolo y confirmando que su corazón era perfecto, pues no tenía ni el más pequeño rasguño. El joven se sintió muy orgulloso por la admiración del pueblo. Pero de pronto un anciano se acercó y dijo:

“Perdona mi atrevimiento, pero ¿por qué dices que tu corazón es perfecto si ni siquiera se aproxima al mío ni al de tantas otras personas?

Sorprendidos, el joven y la multitud miraron el corazón del viejo y vieron que aunque latía vigorosamente, estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y algunos habían sido reemplazados por otros que no encajaban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes irregulares en su derredor. También había huecos donde faltaban trozos.

El joven contempló el corazón del anciano y se echó a reír. “Debes estar bromeando –le dijo–, compara tu corazón con el mío… El mío es perfecto, en cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor”.

“Es cierto –dijo el anciano– tu corazón luce perfecto, pero yo nunca me involucraría contigo. Mira: cada cicatriz de mi corazón representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselo a cada uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque me recuerdan el amor que hemos compartido. Hubo ocasiones en las que entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo. Por eso hay huecos. Dar amor es arriesgar. Pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza de que algún
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