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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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09 Agosto 2019 04:00:00
Rebelión silenciosa
El PRI ha tenido 54 presidentes desde su creación, en 1929, como Partido Nacional Revolucionario; en 1938 cambió a Partido de la Revolución Mexicana y desde entonces adoptó el nombre actual. Su ideología centrista, corporativista, tecnocrática y neoliberal, y su posición de centroderecha lo apartó de la socialista de su segunda etapa. En apenas cinco años, Morena –cardenista-reformista– se convirtió en el partido de izquierda y ganó la Presidencia y el Congreso. El PRI ocupa una precaria tercera posición después del PAN.

En las tres épocas del PRI, al menos seis de sus líderes fueron presidenciables, pero solo Lázaro Cárdenas logró el objetivo. Con la autoridad de no haber aprovechado su popularidad para crear un nuevo maximato, el general se opuso a la tentativa reeleccionista de Miguel Alemán cuyo Gobierno, igual que los de Salinas de Gortari y Peña Nieto, sobresalió por ser de los más corruptos de la historia. Luis Donaldo Colosio –segundo dirigente en obtener la candidatura presidencial, –el tercero fue Roberto Madrazo– murió en una emboscada urdida desde el poder.

El PRI viró a la derecha en el Gobierno de Miguel de la Madrid, cuyo predecesor, José López Portillo, se había autoproclamado “el último presidente de la Revolución”. El periodo neoliberal se afianzó con Salinas. A esa corriente se ha referido el presidente López Obrador: “Neoliberalismo es sinónimo, en el caso de México, de corrupción, de robo, y tanto Pemex como la Comisión Federal de Electricidad fueron las empresas más saqueadas”.

Manlio Fabio Beltrones, quien también aspiró a la Presidencia, encendió las alarmas cuando renunció a la jefatura del PRI después de perder la mayoría de las elecciones estatales de 2016: “estamos obligados, como nunca antes, a escuchar la voz y reclamos de los ciudadanos; de todos ellos, votantes priistas o por otros partidos, que exigen mejores resultados en sus gobiernos y combate a la corrupción e impunidad (…) que la modernidad se refleje en los bolsillos de las familias mexicanas (…) seguridad para sus hogares y sus ciudades. No están satisfechos con solamente enterarse de que vamos bien, sino que quieren sentirse bien”.

Es el mismo discurso de López Obrador, ignorado por Peña Nieto y sus 40 ladrones con olímpico desdén. El PRI —como The Economist le restregó al ahora expresidente, quien prefería mirar para otro lado con tal de no ver la corrupción propia y de su Gobierno– “no entiende que no entiende”. La pretensión de imponer a Alejandro Moreno y a Carolina Viggiano –satélites de Peña y de Miguel Osorio— al frente del Comité Ejecutivo Nacional, acabará con los restos de un partido repudiado dentro y fuera de las urnas. Osorio se asume como jefe político, y desde el reino de la mediocridad y la insania crea su propia fantasía: ser presidente.

La elección priista será una farsa, y como tal la descalificó Beltrones después de haber sido eliminado de la competencia, con malas artes, el único aspirante capaz de plantarle cara a López Obrador: “Lamento y mucho la renuncia de mi amigo @JoseNarro al @PRI Nacional. Las razones ya las expuso. En lo personal no acudiré a votar el 11 de agosto, con ese padrón irregular del que habla la convocatoria”, publicó el 19 de junio en su cuenta de Twitter.

Junto con Beltrones –amigo de Colosio–, muchos militantes se abstendrán para no avalar el fraude, o votarán por Ivonne Ortega y José Encarnación Alfaro, la fórmula opositora. Legiones de priistas agraviados emigraron ya a Morena. El PRI está acabado.

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