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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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19 Febrero 2020 04:01:00
Rechinar de dientes
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Las giras presidenciales eran onerosas y en la mayoría de los casos, inútiles. Su valor, si acaso, era político: los gobernadores las tomaban como un espaldarazo, pues según el número de visitas, en el lenguaje de los símbolos, era el afecto o la antipatía del Ejecutivo federal. Antes de la alternancia, desairar a los caciques locales era mal presagio. Para los estados, en cambio, cada recorrido –sin importar su duración, los hubo de horas– representaba una carga. Aparte de su futilidad –rara vez el Presidente anunciaba nuevas inversiones o apoyos extraordinarios– las giras absorbían recursos ingentes desde la llegada del arbitrario Estado Mayor.

En 1974, Luis Echeverría decidió pasar la Navidad en Ocampo, Coahuila, cuya población rondaba los 10 mil habitantes. Con ese motivo se construyó una pista de aterrizaje. Sin embargo, la recepción fue en Cuatro Ciénegas y el resto del trayecto se cubrió por carretera. El Gobierno del Estado acumuló una deuda por 500 millones de pesos, parte de la cual se gastó en cumplirle a Echeverría el capricho.

Todavía con López Portillo, las giras las revestía cierto atractivo. No de balde el expropiador de la banca se autoproclamaba “el último Presidente de la Revolución”. Con De la Madrid llegó la tecnocracia; con Fox, el desparpajo, y con Peña, la incompetencia, la soberbia y la corrupción en su máxima expresión. Pero fue en el periodo Fox-Peña cuando los gobiernos locales recibieron mayores recursos de la Federación; en muchos casos, malgastados. No conforme, la mayoría de los gobernadores endeudó irresponsablemente a los estados. Hoy todo es llanto y rechinar de dientes.

Las giras de Peña Nieto por Coahuila resultaron igual de improductivas. Quienes ganaron (impunidad) fueron los Moreira y su pandilla, no el estado. La inversión más importante en su sexenio la realizaron empresas nacionales y extranjeras. El libramiento norte de La Laguna, inaugurado en 2014, está concesionado, pero a los políticos les gusta hacer caravana con sombrero ajeno. En Saltillo, la máxima obra peñista fue el segundo piso de un tramo del periférico Echeverría, a la cual se dedicó un monumento (uno de tantos a la corrupción y a la estulticia) en la esquina con Lafragua.

Las visitas presidenciales se anunciaban antes a bombo y platillo. Había patrullas militares, cierre de calles y movilización de colonos y burócratas para vestirlas. Los hoteles y restaurantes se colmaban con cargo al presupuesto; el problema era después cobrar las cuentas. El 24 de enero, López Obrador cubrió su sexta gira por Coahuila. Peña, en seis años, no hizo más de 10. Sin el boato de sus predecesores, el Presidente celebró en Saltillo el primer año del programa Jóvenes Construyendo el Futuro. Recorrió una empresa, entregó becas y luego continuó su agenda en Monterrey.

Las molestias a la población fueron mínimas. La mayoría se enteró de la visita por los medios de comunicación al día siguiente. López Obrador no anunció obras ni inversiones, pues ese no era el propósito; y quienes, a sabiendas, así lo hicieron creer, generaron expectativas infundadas. Desde esa perspectiva, las giras del líder de la 4T pueden resultar igual de banales y frustrantes para los gobiernos y sus contratistas preferidos, pero eliminar la pompa imperial y ahorrarles a las arcas estatales gastos superfluos, es plausible.
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