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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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04 Agosto 2019 03:46:00
Reflexiones de pasillo
Acudí hace un par de días al supermercado. En un pasillo me encontré un niño perforando con el dedo una bolsa de azúcar. Me detuve a indicarle que no lo hiciera, y fue hasta ese momento cuando me percaté de que a cada lado del pasillo estaban sus padres. Me miraron en silencio, se vieron uno a otro, y en seguida el papá le reclamó a la mamá por las acciones del retoño. La escena transcurrió a gran velocidad, pero algo me queda claro: los padres no se habían percatado de la travesura del niño.

Sigo adelante y veo dos mujeres con indumentaria sugestiva de pertenecer a alguna de las denominaciones, que obligan a vestir de cierto modo, para evidenciar su filiación religiosa. Junto a ellas andaba un pequeñito que se les despegó y fue a estirar un “six” de refrescos que cayó estrepitosamente al suelo. La mujer mayor corrió tras él y levantó el “six”, al tiempo que lo regañaba; me alegré suponiendo que el niño sería aleccionado. Poco duró mi alegría: la mujer tomó una lata, la abrió y se la dio a beber, incluso ella le dio un sorbo. Volví a topármelas pasillos más delante, el niño se había calmado, aparecía sentado en el asiento del carrito con su refresco al lado. Como hecho adrede, volvimos a coincidir en las cajas. Para entonces la lata había desaparecido.

Parecen asuntos insignificantes, pero no lo son. Representan claros ejemplos del problema que se produce en una sociedad acostumbrada a recibir, sin la obligación de corresponder. Para ese futuro ciudadano la desobediencia civil será su estilo de vida; hallará normal actuar por encima de la ley.

Por desgracia tenemos un sistema de justicia que muchas veces no hacen ningún favor para validar la ley. Tratándose de delitos del fuero común, aun en caso de víctimas mortales, las acciones para capturar y sancionar a los autores de un crimen son pocas. Los familiares emprenden por dependencias gubernamentales un vía crucis doloroso y la mayoría de las veces inútil. En muchas ocasiones terminan ellos mismos realizando las indagatorias. Aun así, no hay garantías de que se procese a los culpables. Sucede que, o no se les consigna, o se les imputan cargos que pronto desaparecen, y quedan en total libertad.

Este modo de actuar llega a ser la burla más cruel, una suerte de charada que se monta para la foto, y se desmonta en cuanto la memoria colectiva descuida el asunto. Como los papás del primer niño, somos ciudadanos distraídos.

El tiempo de enmendar a México, con principios firmes desde casa, se nos está agotando.



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