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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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22 Agosto 2011 03:00:02
Reforma de la Curia Romana (II de II)
La Curia debe ser “el instrumento que necesita el Papa para poder desarrollar bien el mandato divino que le corresponde”. Por esto, la Curia debe aceptar realistamente la crítica. De la misma manera, que se dirigen a la Curia muchas felicitaciones y reconocimientos por sus indiscutibles méritos, le suelen llegar también algunas críticas. La crítica “es un estímulo a la vigilancia, un llamado a la observación, una invitación a la reforma, un impulso para la perfección. Por eso, las críticas deben ser bien recibidas, con humildad, con reflexión y aún con sincero reconocimiento”. No necesita defenderse, ni hacerse sorda, especialmente cuando se trata de voces de amigos y de hermanos. Ante las acusaciones, (que frecuentemente son infundadas), la Curia debe responder para defender su honor.

Pero sin rencores, sin circunloquios, sin polémicas. Así se podrá reconocer que el propósito de modernización de las estructuras jurídicas y la profundización de la conciencia espiritual, no solamente no encuentran resistencia, en lo tocante al centro de la Iglesia, sino que encuentran a la Curia misma a la vanguardia de aquella constante reforma, de la cual la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena tiene perpetua necesidad. La Curia Romana tiene necesidad de simplificación y de descentralización. Es fácil prever y desear que en la Curia puedan introducirse algunas reformas. De los últimos reordenamientos que ha tenido la Curia, han pasado ya muchos años. Es explicable que tales reordenamientos se puedan desmejorar, debido a su venerable edad, como puede suceder a la disparidad de sus órganos y de su praxis respecto a las necesidades y a las costumbres de los tiempos nuevos. De la misma manera que conviene a los mismos tiempos la necesidad de simplificarse y descentralizarse como también de ampliarse y habilitarse para desempeñar nuevas funciones. Por lo tanto frecuentemente se necesitarán hacer nuevas reformas. La Curia debe actuar con la más amplia visión sobrenatural y acostumbrarse a la más refinada función ecuménica. La Curia no será celosa de las prerrogativas temporales que tenía en otros tiempos, ni de mantener formas exteriores que ya no son idóneas, ni retener algunas facultades que, sin lesionar el “Orden Eclesiástico Universal”, hoy cada Episcopado puede ejercer mejor por sí mismo. Todavía más, el Concilio expresa el deseo de ver asociado a la Curia algún representante de cada Episcopado, (particularmente de los Prelados que dirigen una Diócesis), que colabore con la Cabeza Suprema de la Iglesia, en el estudio y en la responsabilidad del Gobierno Eclesiástico. Seguramente la Curia Romana no se opondrá a este deseo, antes bien, se sentirá honrada en su sublime e indispensable servicio, que es, específicamente administrativo, consultivo y ejecutivo.

Los Obispos participantes en el Concilio Vaticano II expresaron el deseo de que los Dicasterios de la Curia Romana, que sin duda, hasta ahora han proporcionado un precioso servicio al Romano Pontífice y a los Obispos de la Iglesia, tengan un nuevo ordenamiento, más adaptado a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, especialmente en lo que respecta a su número, a su denominación, a su competencia, a su praxis, y a la coordinación de su trabajo. También consideran que, en el ministerio pastoral de los Obispos, se defina más exactamente el oficio de los Delegados del Romano Pontífice. Y, debido a que estos Dicasterios han sido constituidos para el bien de la Iglesia Universal, se manifestó el deseo de que sus Miembros, Oficiales y Consultores, al igual que los Delegados del Romano Pontífice, en los límites de lo posible, sean, de manera más amplia, elegidos entre las diversas regiones de la Iglesia, de tal manera que los diferentes oficios y órganos centrales de la Iglesia adquieran un verdadero carácter universal. Es también deseable que, entre los Miembros de los Decasterios se integren algunos Obispos, especialmente Diocesanos, para que puedan, de manera más completa, presentar al Sumo Pontífice, la mentalidad, los deseos y las necesidades de toda la Iglesia. Por último, los participantes en el Concilio, consideraron que es muy útil que los Sagrados Dicasterios pidan, más que en el pasado, el parecer de los Laicos, que son diferentes en sus virtudes, doctrina y experiencia, a fin de que, también ellos, tengan un lugar conveniente en la vida de la Iglesia
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