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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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14 Noviembre 2011 04:00:01
Rehabilitación de la mujer
En el cuadro de la concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios también hay que plantear, necesariamente, la rehabilitación de la mujer.

Es necesario rehabilitar a las mujeres en cualquier lugar en donde no hayan alcanzado todavía la paridad, de hecho y de derecho, con los hombres. Bajo esta exigencia se descubre un deseo todavía más profundo y universal: las personas y los grupos siempre anhelan una vida plena y digna, propia de los seres humanos.

La mujer debe, naturalmente, junto con su marido, trabajar en la educación de los hijos. Por esto, además de la presencia activa del padre, deben salvaguardarse las atenciones domésticas de parte de la madre, de la cual tienen especial necesidad los pequeños. Sin embargo, tampoco debe descuidarse la promoción social de la mujer. De acuerdo con los tiempos, el cristiano no sólo debe reconocer esto, sino también estar atento a esta promoción social de la mujer y trabajar para que, tanto en el campo económico como en el político, y tanto en el nivel nacional como en el internacional, se reafirmen los principios fundamentales, mediante los cuales sea reconocido y actuado, en todas partes el derecho de todos y todas a una cultura humana conforme a la dignidad de las personas, sin discriminaciones de raza, sexo, nacionalidad, religión o cualquier condición social. Por esto, es necesario proveer a todos, (incluyendo, por supuesto, a la mujer), de una suficiente cantidad de bienes culturales, especialmente aquellos que constituyen la, así llamada cultura de base, a fin de que un gran número de personas, a causa del analfabetismo y de la privación de cargos de responsabilidad, no pueden ser capaces de dar una colaboración verdaderamente humana al bien común. También la mujer, ahora, debe colaborar al bien común universal.

Las mujeres en la actualidad ya se encuentran trabajando en casi todos los sectores de la vida humana. Sin embargo, conviene que ellas puedan también desarrollar plenamente aquellas tareas de su propia naturaleza. Dos principalmente: por una parte, la mujer debe poder desarrollar plenamente las funciones que tiene la vida social, y, por otra parte, que esta actividad vaya de acuerdo con su naturaleza de mujer que complementa a la del hombre. De esto se sigue que la aportación de la mujer a la vida social sea algo insustituible, y, por lo tanto, necesaria. Esta aportación debe ser reconocida y apoyada por todos los cristianos. La Iglesia lo expresa así: “Es un deber de todos hacer que la participación propia y necesaria de las mujeres en la vida cultural sea reconocida y promovida”.

La razón fundamental de esta insistencia de la Iglesia es, por un lado, la conciencia y la doctrina sobre la fundamental igualdad de todos los seres humanos. Por lo tanto, debe reconocerse que todos los seres humanos, dotados de alma racional y creados a imagen y semejanza de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen, y que, redimidos por Jesucristo, goza de la misma vocación y del mismo destino. Por lo tanto, es necesario reconocer, hoy más que nunca, la igualdad fundamental entre todos los seres humanos.

Es necesario hacer esta observación, porque existe, todavía ahora, toda clase de discriminaciones en los derechos fundamentales de las personas, por razones de sexo. En verdad, es necesario reconocer que estos derechos fundamentales de las personas no sean, todavía ahora, totalmente garantizados como sucedía en los tiempos en que se negaba a la mujer la facultad de elegir libremente a su marido y de elegir su propio estado de vida, o también el derecho de tener acceso a una educación y cultura paralela a la que se concede a los hombres.

La segunda razón fundamental de la actitud de la Iglesia en cuanto a la situación social de la mujer está en la profundización del hecho de que todo cristiano (y por lo tanto, también toda cristiana), posee su propio carisma, que los demás no tienen. Se trata aquí del carisma que ha sido dado a la mujer en su campo específico, precisamente por ser mujer. Carisma, que rinde sus propios frutos en la edificación de la Iglesia y de la humanidad y, entregar así, su aportación femenina, que es insustituible.

Y si es necesario incluir a la mujer en todas las actividades de la vida humana, es claro que también ella debe tener su parte en el apostolado de los laicos. Como por ejemplo, las comunidades de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ambientes sociales, el orden nacional e internacional. De la misma manera que en nuestros tiempos las mujeres toman parte cada vez más activa en la vida social, es de gran importancia que tengan una participación más amplia en los variados campos del apostolado de la Iglesia.
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