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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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27 Junio 2011 03:00:30
Revelaciones del diablo durante los exorcismos
El Viernes Santo de 2006, mientras un exorcista desempeñaba su ministerio, leyendo en el Evangelio de Juan las palabras que Jesús dirigió a la Virgen María desde la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”, y luego dirigiéndose a Juan: “Ahí tienes a tu Madre”, el demonio se expresó así: “En un instante Ella amó a todos sus hijos, por todas las generaciones y dijo un segundo `sí´. Después del `sí´ dicho al Ángel, dijo otro `sí´ a su Hijo sobre la Cruz porque todos ustedes se convirtieron en sus hijos”.

Entonces el exorcista, entre la admiración y la alegría, porque comprendía que el demonio era claramente obligado, muy a pesar suyo, a decir cosas que nunca hubiera querido decir, siguió leyendo las palabras del Evangelio: “Y desde aquel momento el discípulo la llevó a su casa”. Y el demonio, con una repugnancia tremenda, que manifestaba en la voz y en sus actitudes, añadió: “Las almas puras reciben a la Madre de Dios en sus corazones. El Cuerpo y el alma de ustedes son la casa del Señor y en esta casa deben recibirla también a Ella. Todos los hijos de Dios deberían recibir a la Virgen María dentro de ellos y, recibir también, todo lo que Ella les ha enseñado con su vida. Ustedes tienen un gran medio que es María, úsenlo cada vez más. Récenle, récenle cada vez más, háganla suya. Ella camina siempre a su lado”.

Ante estas palabras del demonio, el exorcista, sabiendo que el Viernes Santo era un día especial de gracia, le recordó el sacrificio de Jesús en la Cruz aceptado por amor a nosotros, sus llagas, su sangre, sus dolores, sus humillaciones, su ofrecimiento al Padre, junto con las lágrimas y los dolores de la Virgen María que estaba al pie de la Cruz ofreciéndose al Padre juntamente con su Hijo, por amor a nosotros. Y mientras decía todas estas cosas, con gran asombro del exorcista que escuchaba, el demonio continuó afirmando: “También nosotros estábamos al pie de la Cruz, acosando a algunos en contra de Él, los lanzábamos a insultarlo, a lanzarle gritos, a desafiarlo, otros lo tentábamos insinuándole en la mente dudas acerca de que Él no fuera verdaderamente el Mesías. Algunos estaban ahí queriendo ver algún milagro para convencerse de que Él era el Mesías, ¡Qué estúpidos!.

Ya habíamos logrado que, muchas personas se fueran de ahí, no sólo porque ya no creían, sino porque se asustaban con sólo ver que moría y aquellos pocos que se quedaron, se convencieron, cuando ya estaba muerto, de que nada era verdadero y porque, si había muerto, ya no había nada más que hacer. Cuando bajaron el cuerpo de la Cruz, tentamos también a Juan, le dijimos en su mente: “¡Mira, qué fin ha tenido su Mesías, mira, qué fin ha tenido tu Mesías!”. También tentamos a tu Madre. Ella tenía el corazón destrozado, pero al mismo tiempo tenía una gran paz y perdonaba a todos, amaba y sufría: Su perdón era total, su amor era total, su ofrecimiento era total. ¡Y esto, nos ha vencidoooo!. Inútilmente asediamos a su fe, Ella continuó rezando. Ella era la única que conservó la fe en la Resurrección, su corazón ya lo sabía y al amanecer del día siguiente, el sábado, a la primera que se le apareció fue a Ella. No sabemos qué cosa se dijeron, solamente vimos que en aquel encuentro circulaba una gran paz y un infinito amor, pero no pudimos oír las palabras, su discurso de amor estaba fuera de nuestras posibilidades de comprender. Después vimos a la Magdalena que iba al sepulcro”.

Un día durante una gran batalla, en la que el exorcista comprendía claramente que el demonio trataba de oponerse para no repetir lo que Jesucristo le estaba ordenando decir, pero llegó a tal momento, en que, completamente superado por la fuerza de Dios, dijo: “Él me está ordenando decirles: No tengan miedo, salgan al encuentro de su Dios. Dejen toda vinculación con el mal sobre la tierra. Llénense del Señor que es su vida, hagan espacio dentro de ustedes sólo a Cristo Jesús, síganlo en la alegría y en el sufrimiento. ¡Alábenlo siempre, Él es su salvación!”. ¡Ahhhhh!, (fue el grito que lanzó debido al tremendo esfuerzo que había hecho para poder decir aquello que aborrecía).
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