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Dalia Reyes
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27 Julio 2019 04:04:00
Ruido de perros
Escuché en la radio, en una de esas magníficas cápsulas de divulgación, que el “ruido” de las estrellas es algo así como una enorme licuadora; si se pudiera escuchar el ruido en el espacio exterior, claro está.

Como sea, alimentó mi imaginación para prefigurar una situación de sonido insistente y eterno; un zumbido insistente que de tanto en tanto se vuelve o invisible o mortal. La licuadora de las estrellas acabaría por convertirse en una estación de onda corta que transmite las 24 horas los 365 días del año.

Para asustar a la soledad, hay quienes sintonizan una estación radial cercana en lo físico para hacerse la cuenta de estar acompañados; otros se conforman con la buena recepción de alguien que transmite no sé dónde pero nunca deja de hablar; algunos no tienen interés por la fidelidad del sonido, lo único que vale es el ruido, corroborar la certeza de que no se está solo en el mundo.

El ruido tiene la solidaridad equiparable de los perros: no se va aunque se le ignore, no se aleja aunque se le deje de escuchar, no desaparece si se le olvida. Estamos hablando de una compañía incondicional y siempre con el talante en pie.

¿Por qué a muchos les aterran los silencios? He pensado en las estrellas internas que cada persona tenemos, de la licuadora personal que nos bulle al interior y suele ser demasiado estridente si se empeña en tocarnos la melodía que nosotros mismos componemos con los actos y las omisiones del día a día.

Ruido y silencio no son contrarios. En realidad, el segundo en la corroboración del primero, es la marca de su existencia, es la señal de vida o muerte en lo que respecta a todo aquello en derredor nuestro.

Callar el ruido sería estar dispuesto a escucharnos; de otro modo, estamos condenados a ser licuados en el sonido del universo.
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