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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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20 Septiembre 2010 03:00:21
Salir del conservadurismo
El acento que la Iglesia ha puesto en el progreso y la “rehabilitación de lo nuevo”, significa, al mismo tiempo, la victoria sobre el conservadurismo que se encierra “en el pasado”, todo ocupado en la conservación de la herencia y que se mantiene en actitud de desconfianza ante el progreso y lo nuevo. La Iglesia, (según una comparación fuerte de Juan XXIII), no es un museo, ni la herencia cristiana es un pedazo de museo, sino la vida misma que debe estar en continuo progreso y desarrollo.

La vida es, naturalmente, “también conservación”. Cuando un ser vivo no se conserva coherente e idéntico en sí mismo, cuando no se relaciona con el futuro desde su pasado, cuando no une las acciones transitorias en su unidad duradera, entonces se descompone, se desintegra y no queda de él más que un cadáver. Por eso la vida debe siempre estar en desarrollo. Cuando un ser vivo ya no se adapta a las nuevas circunstancias, cuando se aísla, cuando se cierra al flujo de las cosas, cuando no asimila nada, cuando no produce algo nuevo, cuando pierde el contacto con la realidad y solamente repite las acciones del tiempo pasado, entonces el ser vivo no es más que un autómata y pronto llegará a ser una momia. Sus acciones son siempre paralizantes y, así, la vida sin alimento siempre se apaga.

La vida humana, bien formada, siempre lleva la doble marca de la “estabilidad y de la mutación”. A propósito de la “estabilidad”, hay que aclarar que no debe consistir en una mera sucesión de fenómenos, que no conduciría más que al desgaste. En medio de la sucesión de fenómenos la vida debe permanecer “íntimamente unificada”, “recogida en sí misma”, y debe mantener, así, su equilibrio vital. Pero, a pesar de que la vida está inmersa en la mutabilidad del tiempo, ella misma debe también “mutarse”. Precisamente para poder mantenerse en el equilibrio, la vida debe estar asimilando elementos nuevos, e integrarlos orgánicamente en el propio yo y, así, participar a estos elementos nuevos algo de su propia estabilidad.

Hay estructuras que son esenciales en cada ser humano y, por ese motivo, son inmutables. Pero también hay elementos que están condicionados por el tiempo y son adecuados al ser humano solamente por determinado tiempo. Así, por ejemplo, la Pintura debe saber expresarse a través de la combinación de los colores, de las superficies y de las líneas. Pero, las características del barroco permanecen siempre como expresión típica de la época que vio nacer este estilo. No quiere decir que una estatua que fue esculpida en el tiempo del barroco, ahora ya no sea bella, sino que la expresión artística de esta estatua no está inspirada para el gusto de nuestro tiempo, sino para un gusto ya pasado. En cambio sería una cuestión muy diferente si pudiéramos sentir y comprender una obra del pasado así como la sintieron y la comprendieron sus contemporáneos. Se necesita admitir que esto no es posible. Porque para que pueda darse un goce pleno, seria necesario que hubiéramos sido formados en la misma época en que se formaron los artistas del pasado. Pero resulta que nuestro “sentido estético” está formado en el presente. Aunque las estatuas barrocas tienen elementos válidos de expresión artística, se da uno cuenta de que, aunque ahora se perciben como bellas, debido a que ha sido modificado el sentido estético del pasado, no pueden impresionarnos con la misma intensidad al ser percibidos con la sensibilidad de hoy. Pero, en este ejemplo, podríamos conocer el mundo interior del artista, si nuestro mundo fuera igual al suyo. Y esto nunca sucede. El mundo personal es siempre único e irrepetible.

Cada época tiene pues, su “propia atmósfera”, sus propias líneas de fuerza, sus propias obras, sus propios valores y también su decadencia. Todo fenómeno vital está inmerso en las características propias de su tiempo. Para reforzar nuestra vida debemos saber tomar de estas características lo que tengan todavía de positivo y rechazar lo que tengan de negativo para nuestro tiempo.

¿Por qué tan frecuentemente no se perciben las nuevas situaciones? Las antiguas formas de expresión olvidan que son algo meramente transitorio, se acostumbraron a la estabilidad y no quieren abandonar el lugar de progreso que el pasado les dio. Tienden (como todo lo que nace del espíritu) a eternizarse. Cuando estas formas antiguas nacieron, según una determinada necesidad vital, tuvieron éxito en su época. Y ahora, no se resignan a ser desplazadas. Estas formas quedaron sumamente ligadas a sus creadores, porque, en su tiempo, enriquecieron la cultura. Además, por otro lado, algunos, en su estructura mental son, (por su propio temperamento o por la educación recibida), estrechos, rígidos, integristas, cerrados a todo influjo fecundo que venga de la vida fresca del presente. Éstos, generalmente, no sienten esta “limitación” de su ser, sino que, más bien, viven en la persuasión de poseer el “espíritu recto”, el “espíritu genuino”. Si este tipo de personas ocupa puestos influyentes, se considerarán, a sí mismos, como “custodios de la verdad”, y sienten el deber de bloquear todo aquello que no coincida con su estrechez y rigidez. Algunos otros se mantienen en el conservadurismo por el miedo infantil de dar el “paso decisivo” hacia lo nuevo, como si tal paso fuera, necesariamente, una total ruptura con lo ya existente, como si fuera algo ciego, un riesgo irrazonable. Éstos no ven que, actualmente, un hombre maduro, que ya posee el sentido de responsabilidad, pueda estar atento a no dar un paso en falso y de que también se cuidará de no “sofocar la vida”. En este sentido la actitud “innovadora”, es una actitud de constante actualización.
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