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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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03 Junio 2010 03:00:07
Se va el futuro
El martes pasado comentaba con usted acerca de la posición de los rectores universitarios (en el evento llamado Universia) con respecto a considerar la educación superior como un “bien público”, opinión falsa bajo la definición económica, y que no tiene sentido usando el habla de todos los días.

Pero el mismo día que escribía ese texto se publicó la lista de las 500 supercomputadoras del mundo, que resulta muy interesante.

Como todas las listas que se publican en los medios, tiene sus asegunes. El más importante, según los que saben, es que hay computadoras más grandes que no son públicas, ni lo serán en un buen rato, y por eso no se pueden incluir. Es decir que esta lista corresponde a las 500 supercomputadoras públicas, pero hay otras, secretas o al menos confidenciales, que serían mayores. No afecta mucho a lo que quiero comentarle, que es que en esa lista no estamos. De esas 500, no tenemos una. Brasil sí, tiene una sola, pero que está en el lugar 86, medida en rapidez. Estados Unidos tiene cosa de la mitad, y tienen más de 20 China, Alemania, Francia y Reino Unido. Con poco menos de 20 están Japón y Rusia, y con menos de diez (pero más de cinco): Italia, India, Arabia Saudita, Suecia, Canadá, Suiza, Nueva Zelanda y Polonia. Corea del Sur tiene menos, pero son muy rápidas. Tienen menos de cinco: Austria, Holanda, Finlandia, España, Noruega, Dinamarca, Israel, y con una sola está Brasil, como decíamos, pero también Eslovenia, Hong Kong, Singapur, Sudáfrica, Turquía e Irlanda.

Las más lentas de esas 500 máquinas puede hacer poco menos de 25 teraflops (billones de operaciones de punto flotante por segundo). De acuerdo con notas de prensa, la supercomputadora de la UNAM, que se estrenó a inicios de 2007 y se llama KanBalam, alcanza 7 teraflops. En su momento, hace tres años, sí estaba entre las 500 (dice la nota que la número 126).

De acuerdo con la nueva lista, cosa de la mitad de las supercomputadoras se utilizan para investigación y para cuestiones académicas, y de la mitad restante, una parte no menor se utiliza para actividades que podemos calificar de manera parecida: geofísica, software, clima, aunque parte de ellas sin duda se orientan también a cuestiones comerciales.

Uno podría decir que no es necesario tener supercomputadoras para hacer ciencia, porque una herramienta de ese tamaño es excesiva para una gran cantidad de preguntas académicas. También se puede argumentar que el cloud computing puede sustituir a una supercomputadora para otro segmento de investigaciones. Ambas cosas son ciertas, pero también es cierto que, para ciertos problemas, no hay nada como una supercomputadora. La pregunta relevante es si tenemos problemas de esos. A lo mejor no, y por eso no necesitamos la máquina. Pero entonces yo me preguntaría por qué no tenemos esos problemas.

El martes pasado, esta columna insistía en que tenemos que resolver la educación básica (específicamente la secundaria) para poder tener una base científica en el futuro cercano. Hoy, sin embargo, critico que no tengamos una herramienta que sólo es útil para ciertos investigadores. Aunque parezca, no hay contradicción entre estas dos críticas. Es necesario, para en verdad producir conocimiento, contar tanto con recursos humanos como técnicos, y en ambos estamos rezagados.

Brasil, que es el país con el que mejor podemos compararnos, tiene su supercomputadora (doce veces más rápida que la de la UNAM), tiene 4 universidades entre las 500 más importantes del mundo (nosotros una), y cada año 1.5% de sus jóvenes de secundaria alcanzan nivel de excelencia. De los nuestros, sólo el 0.3%. No es por molestar a nadie, pero en materia de investigación somos mucho menores que Brasil. Sorprendentemente, es un país con más pobreza y desigualdad que nosotros, y en el que un mayor porcentaje de sus jóvenes termina la educación básica sin saber leer ni escribir, y tiene varios de los mismos problemas que nosotros, ampliados. Pero en materia de producir conocimiento, nos lleva ventaja, y no poca.

Reitero mi propuesta para revolucionar la educación en México, que tiene parecido con lo que ocurre en Brasil. Puesto que no es posible corregir el sistema educativo completo, hagamos un esfuerzo por incrementar el número de jóvenes que sobreviven a la secundaria, creando un sistema de escuelas secundarias de alta calidad, utilizando la experiencia positiva de la Secundaria Anexa a la Normal, para captar a 5% superior de las pruebas ENLACE de primaria (cosa de 100 mil niños y niñas). Estamos hablando de dedicar 3 mil secundarias a este esfuerzo, repartidas en el territorio nacional, en donde trabajarían los mejores profesores y recibirían a los mejores alumnos. No habría discriminación de ningún tipo con esta medida, porque sería puramente meritocrática. El niño que esté en el 5% más alto de ENLACE tendrá la opción de estudiar la secundaria en este sistema. Sin importar su nivel socioeconómico o cualquier otra característica personal.

En seis años, el nivel de los jóvenes que llegan a las universidades sería sustancialmente mayor, y en diez tendríamos, ahora sí, mejores egresados de educación superior. Diez años después, tendríamos investigadores, bien preparados y capaces, que podrían sustituir a todos los que hoy hay. En un solo año. Porque perdemos a los investigadores desde la secundaria, no en la universidad, a la que ya llegan destruidos.

Claro que hay que invertir en investigación, para competir en un mundo que depende del conocimiento, pero la mejor inversión es en los recursos humanos, y hay que hacerla en el momento adecuado: en la secundaria.

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