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Dalia Reyes
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13 Julio 2019 04:03:00
Seguridad bajo cero
Hay una señora que en Semana Santa recalienta pavo navideño para la comida. Entre lo sabroso que es el recalentado y los muchos niños sin nada para comer en el mundo, este uso humano se ha llevado hasta los extremos.

No sé de ninguna leona haciendo su guardado con las sobras dejadas por su viejo león. Pudiera ser, en primera instancia, porque no tiene refrigerador; en segunda, porque ellos sí aplican bien a bien eso de “Dios proveerá”.

La desconfianza en la manutención divina nació simultáneamente con la aparición de cierta tecnología capaz de conservar alimentos. No estoy en contra de ese itacate sin fecha de caducidad, porque conozco las ventajas de añejar tamales nuevos para comerlos al día siguiente; solo creo que, a menudo, este asunto del recalentado se lleva a los extremos o, si fuese un arte, a su máxima expresión.

Si se trata de seguridad, hay una estrecha relación entre historias de vida, cuya difícil situación económica en la infancia los lleva a exacerbar ese aprovechamiento de la comida; aunque también hay épocas que vuelven híper previsora a toda una sociedad.

Ahora bien, elogiar el recalentado tratándose de fiestas, tiene tantos argumentos como seres humanos hay en el mundo: se come con más relajamiento sin la presión de los invitados -a mi madre eso no le funciona porque todos volvemos a aparecer al día siguiente-; requiere menos formalidad y pompa poner la mesa del otro día; quiere decir que sobrevivimos a la cena, o simple y llanamente, evitamos que nuestros progenitores nos sirvan pierna navideña el Día de la Candelaria porque “todavía sirve”.

Para victoria del mexicano, un experto en el recalentado, existen en el diccionario 92 formas de conjugar el verbo “recalentar” con sus accidentes de tiempo y modo, así tenemos otro pretexto para usar todo el año un guardadito.
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