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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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07 Noviembre 2019 04:06:00
Serenidad
En un ambiente enrarecido por las declaraciones del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien inopinadamente habló de un golpe de estado, la espiral de violencia se acelera y el lunes costó la vida a tres mujeres y a seis de sus hijos de la familia LeBarón. El crimen conmovió a un país que creíamos inoculado contra el espanto por el ametrallamiento noticioso que día a día incrementa la espantable estadística de compatriotas muertos en forma violenta.

El supuesto temor –después desechado– de un golpe de estado surgió a raíz del discurso que pronunció ante la plana mayor de la Secretaría de la Defensa el general en retiro Carlos Gaytán Ochoa, en el cual no tuvo empacho en manifestar la molestia de los militares por la manera en que han sido tratados en la presente Administración.

Nadie se explica qué movió al Presidente a hablar del golpe de estado, luego calificado de imposible, siguiendo su inveterada costumbre de contradecirse. Algunos analistas creen que el paranoico discurso no fue sino una cortina de humo para hacernos olvidar el ridículo hecho en Culiacán, donde ya fuera por impericia o por razones humanitarias –da lo mismo– el Gobierno dobló la cerviz y dejó a los cárteles de la droga imponer su ley en la capital de Sinaloa.

“El Culiacanazo”, como lo han bautizado los medios, es una herida abierta en el costado del orgullo presidencial. Además, como efecto colateral, desnudó al Gabinete de Seguridad que un día daba una versión de los hechos y al otro día la cambiaba. Palos de ciego, mientras los ciudadanos esperaban una explicación congruente y creíble sobre lo ocurrido. Sin ánimo de sarcasmo: Gobierno desorganizado frente al crimen organizado.

La teoría de la cortina de humo pareció fortalecerse el mismo lunes, cuando en la acostumbrada rueda de prensa mañanera se acusó al hijo del expresidente Calderón, Luis, al exsecretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, y el senador panista Carlos Romero Hicks de operar una granja de robots dedicados a inundar las redes sociales con mensajes contra el presidente.

La acusación no fue respaldada con pruebas, lo cual vuelve aún más sospechosa la intención de hacer público el asunto. Así las cosas, es de temerse que todo quede en un chisme, en “agua de borrajas y plática de barbería”, como dicen en Monclova. En otras palabras: faramalla mediática.

La crisis tuvo eco más allá de nuestras fronteras, cuando el presidente Donald Trump intervino ofreciendo ayuda al Gobierno mexicano para combatir a los cárteles, la cual fue rechazada por el presidente López Obrador, prometiendo que en el caso de la familia LeBarón se hará justicia. ¿Cómo? ¿Cuándo?... ¿Quién sabe?

Enredada en sus propias palabras y estancada en la inactividad, la cúpula del Gobierno federal no ha podido hasta ahora salir de las secuelas del “Culiacanazo”. Por el contrario, conforme pasa el tiempo se empantana más y más empeñada en mantener su política de abrazos y no balazos planteada por el Presidente que, hasta ahora no ha funcionado ni tiene visos de llegar a funcionar en el futuro.

Desde el atropellado final del sexenio de Luis Echeverría (1976), cuando se habló de la posibilidad de un golpe de estado en medio de una crisis amenazando agudizarse y los empresarios en pie de guerra, México no vivía tiempos tan turbulentos como los de hoy. Tiempos que exigen esa serenidad de la que tanto le gusta recomendar al Presidente, y dejarse de buscar enemigos conservadores, fifís o halcones por todas partes.
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