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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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03 Septiembre 2019 04:00:00
Silencio ominoso
Uno de los silencios más ominosos frente a los excesos del moreirato fue el de los exgobernadores. Por temor o para proteger intereses, ninguno le plantó cara al clan ni previno del desastre. Las oposiciones esperaron hasta el final del docenio para rasgarse las vestiduras y en el pecado llevaron la penitencia. Desde sus torres de marfil, contemplaron inmutables el naufragio. Todavía hoy, algunos prefieren mirar para otro lado e incluso celebran la no alternancia en el estado, mérito que atribuyen al PRI y a sus “buenos gobiernos”.

En la serie de entrevistas de Daniel Valdés y Rodolfo Pámanes con cuatro exgobernadores, la cual incitó este trabajo, solo Rogelio Montemayor aborda la crisis del PRI y las causas de su derrota en las presidenciales del año pasado. “La gente externó en las urnas su hartazgo a la corrupción, impunidad y soberbia en el quehacer político. Los partidos deben entender este mensaje y actuar en consecuencia, construir una narrativa que sea creíble y respaldada con hechos, que les permita generar esperanza y recuperar la confianza de suficientes ciudadanos para ganar. Hacer lo mismo, sin reconocer las fallas, dará los mismos resultados de 2018”.

Montemayor dejó de ser priista el 24 de junio, por los vicios del proceso para nombrar a la nueva dirigencia. “(…) el Dr. Narro representaba la única esperanza de poder reconstruir al PRI”, escribió. Previamente intentó ser de nuevo candidato a senador”, pero Rubén Moreira lo vetó. El sainete para imponer a Alejandro Moreno y a Carolina Viggiano –esposa de Moreira– provocó también la dimisión de la exgobernadora Ivonne Ortega, rival de Moreno.

El PRI se “ganó a pulso” el repudio ciudadano reflejado en las urnas, advierte Montemayor en su carta de renuncia. En ella retrata de soslayo a los responsables de la quiebra de Coahuila. “(…) fueron demasiados personajes a quienes el partido llevó a cargos de representación política que han saqueado y endeudado a sus estados, personajes corruptos y cínicos que abusaron de su cargo y privilegiaron el resolver y asegurar su situación económica y política personal, sobre la obligación de atender los problemas de las comunidades a las que juraron servir (…)”.

Humberto Moreira –expulsado del PRI– endeudó a Coahuila con casi 36 mil millones de pesos, sin tomar en cuenta otros pasivos, de los cuales aún se ignora el destino de 18 mil millones. Daniel Valdés dice en su nota: “(Moreira) sostuvo que la deuda está justificada”, y que si de algo se arrepiente es de “no haber pedido más créditos”. Moreira es el único de los exgobernadores que espera “con paciencia (…) reivindicarse en algún momento (y) ver caer a sus detractores, traidores y a los que le hicieron daño”.

La megalomanía le aflora por los poros. “Obras hice muchas, porque, modestia aparte, he sido el gobernador que ha hecho más obra pública. Después de mí está Óscar Flores Tapia, aunque él siempre fue mi inspiración”. No Enrique Martínez, a quien ignora, ni Peña Nieto, a quien llama “ingrato” después de haber sido él quien lo rescató de la prisión española de Soto del Real. Empero, Flores Tapia no dejó deuda pública, al contrario, pagó 500 millones de pesos reclamados por Hacienda al Gobierno precedente por impuestos no enterados. Tampoco fue el PRI quien lo reivindicó, sino el alcalde panista de Saltillo Rosendo Villarreal.

Los restos de Flores Tapia reposan en la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres. Moreira es el séptimo en la lista de los 10 mexicanos más corruptos de 2013, de la revista Forbes.

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